UNIVERSIDAD DE ORIENTE
VICERRECTORADO ACADÉMICO
NÚCLEO DE ANZOÁTEGUI
POSTGRADO EN CIENCIAS ADMINISTRATIVAS
MENCIÓN: GERENCIA GENERAL
ASIGNATURA: LEGISLACIÓN EMPRESARIAL
VICERRECTORADO ACADÉMICO
NÚCLEO DE ANZOÁTEGUI
POSTGRADO EN CIENCIAS ADMINISTRATIVAS
MENCIÓN: GERENCIA GENERAL
ASIGNATURA: LEGISLACIÓN EMPRESARIAL
EL PUNTO CRUCIAL LOS DOS PARADIGMAS DE F. CAPRA
Facilitador: Msc. Lisandro Zapata
Realizado por:
Ing. Liliana Pereira C.I: 14.931.939
Lic. Rona Aponte C.I: 15.155.969
INDICE
INTRODUCCION........................................................................................................... 3
Biografía de Fritjof Capra (Viena, 1 de febrero de 1939).......................... 4
LOS DOS PARADIGMAS DE CAPRA.................................................................... 6
La Maquina Newtoniana Del Mundo..................................................................... 6
La Nueva Física........................................................................................................... 16
CONCLUSIONES.......................................................................................................... 29
PENSAMIENTO DE CAPRA..................................................................................... 31
BIBLIOGRAFÍA............................................................................................................. 32
INTRODUCCION
Los nuevos conceptos de la física han ocasionado un profundo cambio en nuestra visión del mundo, determinando el paso de una concepción mecanicista cartesiana y newtoniana, a una visión holística y ecológica, debido a que tiende a ser muy parecida a las concepciones de los místicos de todas las épocas y de todas las tradiciones.
Todos los días se puede leer algo en los periódicos acerca de las numerosas manifestaciones de crisis. Nos enfrentamos a una inflación galopante y un alto índice de paro, a una crisis energética, a una crisis de la asistencia médica, a la contaminación y otros desastres ambientales, a una creciente oleada de violencia y criminalidad, estos fenómenos no son más que distintas facetas de una única crisis, y que esta crisis es esencialmente de percepción
Actualmente vivimos en un mundo caracterizado por sus interconexiones a nivel global en el que los fenómenos biológicos, psicológicos, sociales y ambientales, son todos recíprocamente independientes. Para describir este mundo de manera adecuada, se necesita una perspectiva ecológica que la concepción cartesiana del mundo no nos puede ofrecer.
Por consiguiente, lo que necesitamos es un nuevo «paradigma», una nueva visión de la realidad; una transformación fundamental de nuestros pensamientos, de nuestras percepciones y de nuestros valores. Los inicios de esta transformación, de la transición de una concepción mecanicista a una concepción holística de la realidad, ya se comienzan a vislumbrar en todos los campos.
La nueva visión conlleva a la creación de una potente fuerza orientada a la transformación social. La gravedad y la extensión global de la crisis actual indican que de este cambio podría resultar una transformación de dimensiones sin precedentes, un punto crucial, giro decisivo para todo el planeta.
Capra, pensó que la concepción del mundo implícita en la física moderna es incompatible con nuestra sociedad actual, que no refleja las relaciones armoniosas e interdependientes que observamos en la naturaleza. Para alcanzar el estado de equilibrio dinámico se necesitará una estructura económica y social radicalmente diferente: una revolución cultural en el verdadero sentido de la palabra. La supervivencia de toda nuestra civilización podría depender de nuestra capacidad para efectuar el cambio.
Biografía de Fritjof Capra (Viena, 1 de febrero de 1939)
Fritjof Capra, es un reconocido físico austriaco. Doctor en Física teórica por la Universidad de Viena en 1966, ha trabajado como investigador en física subatómica en la Universidad de París, en la Universidad de California (U.C.) en Santa Cruz, en el Acelerador Lineal de Londres y en el Laboratorio Lawrence Berkeley de la U.C. También ha sido profesor en la U.C. en Santa Cruz, en Berkeley y en la Universidad de San Francisco.
En paralelo a sus actividades de investigación y enseñanza, desde hace más de 30 años Capra ha estudiado en profundidad las consecuencias filosóficas y sociales de la ciencia moderna. Sobre este tema imparte seminarios y conferencias, con relativa frecuencia, en diversos países.
Su producción literaria se inició con la publicación de un icono moderno: El Tao de la Física, best-seller que supuso el punto de partida de numerosas publicaciones sobre la interrelación entre el universo descubierto por la física moderna y el misticismo antiguo, principalmente oriental. Sorprendió a un numeroso público de distintos ámbitos culturales con la publicación de ésta obra, donde además de hacer referencia a sus experiencias espirituales sobre la naturaleza de la energía (1969) desarrolla su tesis que vincula los conceptos de las tradiciones ancestrales orientales con los nuevos aportes en el campo de la materia.
Sus trabajos de investigación y divulgación siguientes incluyen estudios en que los postulados aportados por su primer libro se extienden a otras áreas, como la biología y la ecología, enfatizando en todos ellos la necesidad de alcanzar una nueva comprensión del universo que nos rodea como un todo en el que, para comprender sus partes, es necesario estudiar su interrelación con el resto de los fenómenos, pues su visión está basada en que la naturaleza de la realidad es un proceso creativo e interconectado en el que nada puede ser entendido por sí mismo, sino por su pertenencia a la infinita y extensa danza de la creación.
Es un físico y un especialista en teoría de sistemas que consagró 20 años a la física de partículas antes de centrar su interés en otras ramas de investigación, a mediados de los 80. Célebre escritor, es autor de Las conexiones invisibles.
Capra, que se describe a sí mismo como un educador y un ecologista militante, es director fundador del Center for Ecoliteray de Berkeley (California), que promueve la reflexión sobre la ecología y los sistemas en la enseñanza primaria y secundaria. En esta entrevista, Capra expresa sus conceptos sobre física moderna y sobre “la educación para una vida duradera”.
Actualmente realiza sus investigaciones en el Lawrence Berkeley Laboratory y ejerce como docente en la Universidad de California. Otras obras: El punto crucial, Sabiduría insólita.
"Creo que en la comunidad científica el misticismo se tenía por algo muy vago, que describía algo confuso, nebuloso y muy acientífico. Ahora bien, ver que la teoría tan acariciada por uno se compara con esta actividad sumamente acientífica resulta amenazante para los físicos. Se lo he oído decir a muchos de ellos. Por otro lado sé que algunos de los grandes físicos de nuestro siglo se enriquecieron enormemente al reconocer que los conceptos básicos de sus teorías eran semejantes a los de las tradiciones místicas. Algunos lo encontraron difícil al principio. Pero finalmente lo consideraban como un gran enriquecimiento intelectual y cultural de sus vidas. El primero fue Heisenberg".
LOS DOS PARADIGMAS DE CAPRA
La Maquina Newtoniana Del Mundo
La nueva mentalidad y la nueva percepción del mundo dieron a la civilización occidental los rasgos que caracterizan la era moderna y se convirtieron en las bases del paradigma que ha dominado nuestra cultura durante los últimos trescientos años.
Antes del 1500, en Europa —y en la mayoría de las demás civilizaciones— predominaba una visión orgánica del mundo. Las personas vivían en pequeñas comunidades solidarias y sentían la naturaleza en términos de relaciones orgánicas cuyos rasgos característicos eran la interdependencia de los fenómenos materiales y espirituales y la subordinación de las necesidades individuales a las comunitarias. La estructura científica de esta visión orgánica del mundo se basaba en dos fuentes históricas de importancia reconocida: Aristóteles y la Biblia. En el siglo XIII santo Tomás de Aquino conjugó la doctrina aristotélica de la naturaleza con la ética y la teología del Cristianismo, estableciendo una estructura conceptual que no fue cuestionada nunca durante la Edad Media. La naturaleza de la ciencia medieval era muy diferente a la de la ciencia contemporánea. La primera se basaba al mismo tiempo en la razón y en la fe y su meta principal era comprender el significado y la importancia de las cosas, no predecirlas o controlarlas. En la Edad Media, los científicos que investigaban el objetivo primario de los distintos fenómenos naturales daban la máxima importancia a todo lo relacionado con Dios, con el alma humana y con la ética.
En los siglos XVI y XVII los conceptos medievales sufrieron un cambio radical. La visión del universo como algo orgánico, vivo y espiritual fue reemplazada por la concepción de un mundo similar a una máquina; la máquina del mundo se volvió la metáfora dominante de la era moderna. Esta evolución fue el resultado de varios cambios revolucionarios en el campo de la física y de la astronomía que culminaron en las teorías de Copérnico, Galileo y Newton.
La ciencia del siglo XVII se basaba en un nuevo método de investigación, defendido enérgicamente por Francis Bacon, que incluía dos teorías: la descripción matemática de la naturaleza y el método analítico de razonamiento concebido por el genio cartesiano. Los historiadores dieron a este periodo el nombre de la era de la Revolución Científica, comenzada con Nicolas Copérnico, quien era plenamente consciente de que la publicación de sus ideas ofendería la conciencia religiosa de su época y por ello no quiso exponerlas hasta 1543, año de su muerte, e incluso entonces presentó su visión heliocéntrica como una mera hipótesis pragmática.
Johannes Kepler. Este científico y místico trató de encontrar la armonía de las esferas mediante un estudio minucioso de las tablas astronómicas y logró formular sus famosas leyes empíricas sobre el movimiento planetario, que confirmaron posteriormente el sistema ideado por Copérnico. Pero el verdadero cambio en la esfera científica no se produjo hasta que Galileo Galilei, no comenzó a interesarse por la astronomía. Apuntando en dirección al cielo el recién inventado telescopio y aplicando su extraordinario don de observación a los fenómenos celestes, Galileo logró poner en duda la antigua cosmología y afirmar la validez científica de la hipótesis concebida por Copérnico.
La parte desempeñada por Galileo en la Revolución Científica va más allá de sus éxitos en el campo de la astronomía, debido a que fue el primero en utilizar la experimentación científica junto con un lenguaje matemático para formular las leyes naturales que descubrió y por ello se le considera el padre de la ciencia moderna. «La filosofía —afirmaba— está escrita en el gran libro que se abre ante nosotros, pero para entenderlo tenemos que aprender el lenguaje y descifrar los caracteres con los que está escrito. El lenguaje es la matemática y los caracteres son los triángulos, los círculos y las demás figuras geométricas».
Según Galileo, para que fuese posible describir la naturaleza matemáticamente, los científicos tenían que limitarse al estudio de las propiedades esenciales de los cuerpos materiales —formas, números y movimiento— que pudiesen ser medidas o contadas. Las restantes propiedades —el color, el sonido, el sabor o el olor— eran consideradas simplemente una proyección mental subjetiva que debía ser excluida del dominio de la ciencia. La estrategia de Galileo —dirigir el interés del científico a las propiedades cuantificables de la materia— ha tenido gran éxito en la ciencia moderna pero, por otro lado, también le ha infligido graves pérdidas, como nos recuerda el psiquiatra R.D. Laing: «Desaparece la vista, el oído, el sabor, el tacto y el olfato y junto con ellos se van también la estética y el sentido ético, los valores, la calidad y la forma, esto es, todos los sentimientos, los motivos, el alma, la conciencia y el espíritu. Las experiencias de esta índole han sido desterradas del reino del discurso científico».
Mientras, en Italia Galileo ideaba sus ingeniosos experimentos, en Inglaterra Francis Bacon exponía sus teorías sobre el método empírico. Bacon fue el primero en formular una teoría clara del procedimiento inductivo que consiste en extraer una conclusión de carácter general a partir de un experimento y luego confirmarla con otros experimentos. Bacon defendió sus planteamientos enérgicamente y llegó a tener una gran influencia en el pensamiento de su época; se enfrentó con audacia a las escuelas filosóficas tradicionales y desarrolló una verdadera pasión por la experimentación científica.
El «espíritu baconiano» modificó profundamente los objetivos y la naturaleza de la investigación científica. Desde la antigüedad, la ciencia había tenido como meta el conocimiento, la comprensión del orden natural y la vida en armonía con este orden. El hombre buscaba el conocimiento científico «para gloria de Dios» o, en la civilización china, «para seguir el orden natural» y «confluir en la corriente del Tao». Todos estos objetivos eran yin, o integradores; hoy diríamos que los científicos de aquella época tenían una postura básica ecológica. Pero en el siglo XVII esta actitud se transformó en su polo opuesto, pasando del yin al yang, de la integración a la autoafirmación. Con Bacon la ciencia comenzó a tener como fin un tipo de conocimiento que permitiera dominar y controlar la naturaleza, conocimientos que hoy se emplean junto con la tecnología para lograr objetivos que son profundamente antiecológicos.
Los términos que Bacon utilizaba para defender su nuevo método empírico no sólo eran apasionados sino que, a menudo, se podían tachar de atroces. En su opinión, la naturaleza tenía que ser «acosada en sus vagabundeos», «sometida y obligada a servir», «esclavizada»; había que «reprimirla con la fuerza» y la meta de un científico era «torturarla hasta arrancarle sus secretos».
El antiguo concepto de la tierra/madre se transformó radicalmente en la obra de Bacon y desapareció por completo cuando la Revolución Científica reemplazó la visión orgánica del mundo con la metáfora del mundo/máquina. Este cambio, que llegaría a tener una importancia abrumadora en la evolución posterior de la civilización occidental, fue iniciado y completado por dos grandes figuras del siglo XVII: René Descartes e Isaac Newton.
A Descartes se lo suele considerar el fundador de la filosofía moderna. Brillante matemático, sus ideas filosóficas fueron afectadas por la nueva física y la astronomía. Descartes rechazó los conceptos tradicionales y se propuso crear un sistema de pensamiento totalmente nuevo. En una carta que escribe a un amigo para explicarle su ambiciosa meta, Descartes parece haber tenido un presagio de esta intuición: «Y para no ocultarte nada sobre la naturaleza de mi obra, te diré que me gustaría dar al público... una ciencia completamente nueva que resolviese en términos generales todos los problemas de cantidad, sean éstos continuos o discontinuos». «Toda la ciencia —escribió— es sabiduría cierta evidente. Rechazamos todos los conocimientos que sólo son probables y establecemos que no debe darse asentimiento sino a los que son perfectamente conocidos y de los que no cabe dudar».
La filosofía cartesiana de la certeza científica absoluta es aún muy popular y se refleja en el cientifismo que caracteriza a nuestra civilización occidental. Muchos científicos y no científicos, están convencidos de que éste es el único método válido para entender el universo. El método del pensamiento cartesiano y su visión de la naturaleza han influido en todas las ramas de la ciencia moderna y pueden seguir utilizándose siempre y cuando se admitan sus limitaciones. Aceptar la visión de Descartes como la verdad absoluta y su método como una manera válida de lograr el conocimiento ha sido una de las principales causas del desequilibrio cultural.
La clave del método cartesiano se halla en la duda radical. Descartes pone en duda todo aquello de que sea posible dudar —toda la sabiduría tradicional, las impresiones de los sentidos y hasta el hecho de tener un cuerpo— hasta llegar a un punto sobre el cual no cabe albergar ninguna duda: su existencia como sujeto pensante. De ahí su famosa afirmación: «Cogito ergo sum» («Pienso, luego existo»). De este principio deduce que la esencia de la naturaleza humana se halla en el pensamiento y que todo aquello que sea percibido con gran claridad y distinción es absolutamente cierto. A este concepto tan claro y distinto —«un concepto de la mente pura y atenta»—, Descartes lo llama «intuición» y afirma que «el hombre, para llegar a un conocimiento absolutamente cierto de la verdad, sólo puede guiarse por la intuición evidente y la deducción necesaria». El conocimiento cierto, por consiguiente, sólo se obtiene mediante la intuición y la duda, los dos instrumentos utilizados por Descartes en una tentativa de reconstruir el edificio de la sabiduría sobre cimientos más firmes.
El método cartesiano es analítico, esto es, consiste en dividir los pensamientos y problemas en cuantas partes sea posible y luego disponerlos según un orden lógico. El método de razonamiento analítico quizá sea la principal contribución de Descartes a la ciencia. El racionalismo se ha convertido en una característica esencial del, pensamiento científico moderno y ha demostrado su utilidad en el desarrollo de teorías científicas y en la realización de proyectos tecnológicos extremadamente complejos. Gracias al método cartesiano, la NASA logró poner a un hombre en la luna. Por otro lado, la excesiva importancia dada al racionalismo es una de las causas que caracterizan tanto a nuestras ideas generales como a nuestras disciplinas académicas, además de propiciar la postura reduccionista tan difundida en el mundo.
El Cogito —nombre que hoy se da al método cartesiano— hizo que para él la razón fuese más cierta que la materia y le hizo llegar a la conclusión de que ambas cosas eran entes separados y básicamente distintos. Por consiguiente, afirmó que «el concepto de cuerpo no incluye nada que pertenezca a la mente y el de mente, nada que pertenezca al cuerpo». La distinción que Descartes hizo entre la mente y el cuerpo ha calado hondo en la civilización occidental. Nos ha enseñado a pensar en nosotros mismos como egos aislados «dentro» de nuestro cuerpo; nos ha hecho conceder más valor al trabajo intelectual que al manual; a las grandes industrias les ha permitido vender al público —especialmente al público femenino— productos que le darían el «cuerpo ideal»; a los médicos les ha impedido considerar las dimensiones psicológicas de las enfermedades y a los psicoanalistas ocuparse del cuerpo de sus pacientes. En las ciencias humanas, la distinción cartesiana ha provocado una infinita confusión sobre la relación que existe entre la mente y el cerebro; en física, ha hecho que los fundadores de la mecánica cuántica se enfrenten a enormes obstáculos en sus observaciones de los fenómenos atómicos. Según Heisenberg, que luchó contra este problema durante muchos años: «En los últimos tres siglos esta división ha ido penetrando profundamente en la mente humana, y pasará mucho tiempo antes de que pueda ser reemplazada con una postura verdaderamente diferente ante el problema de la realidad».
Según Descartes el universo material era una máquina y sólo una máquina. En la materia no había ni vida, ni metas, ni espiritualidad. La naturaleza funcionaba de acuerdo con unas leyes mecánicas, y todas las cosas del mundo material podían explicarse en términos de la disposición y del movimiento de sus partes. Esta imagen mecanicista de la naturaleza fue el paradigma que dominó la ciencia después de Descartes, marcando la pauta de las investigaciones científicas y sugiriendo la formulación de todas las teorías sobre los fenómenos naturales, hasta que la física del siglo XX efectuó un cambio radical.
El cambio drástico en la imagen de la naturaleza —de organismo a máquina— afectó profundamente la actitud de las personas hacia su entorno natural. La visión orgánica del mundo durante la Edad Media había sugerido un sistema de valores propicios a un comportamiento ecológico. En palabras de Carolyn Merchant:
La imagen de organismo vivo y de madre que se le daba a la tierra fue utilizada como obstáculo cultural para limitar las acciones de los seres humanos. No es nada fácil matar a la propia madre, hurgar en sus entrañas en búsqueda de oro o mutilar su cuerpo... Mientras se pensó en la tierra como algo vivo y sensible, podía considerarse como falta de ética del comportamiento humano el llevar a cabo actos destructivos en contra de ella.
Estos límites culturales desaparecieron con la mecanización de la ciencia. La concepción mecanicista del universo ideada por Descartes proporcionó la autorización «científica» para la manipulación y la explotación de los recursos naturales que se ha convertido en una constante de la cultura occidental. De hecho, Descartes compartía la opinión de Bacon en cuanto a que la meta de la ciencia era dominar y controlar la naturaleza y afirmaba que podía utilizarse el conocimiento científico para «convertirnos en los amos y dueños de la naturaleza».
En su tentativa de crear una ciencia natural completa, Descartes incluyó a los organismos vivos dentro de su visión mecanicista de la materia. Las plantas y los animales se consideraban simples máquinas; los seres humanos estaban habitados por un alma racional que se conectaba con el cuerpo mediante la glándula pineal, situada en el centro del cerebro. En cuanto al cuerpo humano, era imposible diferenciarlo de un animal/máquina. Descartes explicó detalladamente la manera de reducir los movimientos y las funciones biológicas del cuerpo a simples operaciones mecánicas, a fin de demostrar que los organismos vivos eran meros autómatas. Inevitablemente, estableció una comparación entre sus creaciones y el funcionamiento de los organismos vivos: «Vemos que los relojes, las fuentes artificiales, los molinos y otras máquinas semejantes, a pesar de haber sido creadas por el hombre, tienen la facultad de moverse por sí mismas de diferentes maneras... No reconozco ninguna diferencia entre las máquinas de los artesanos y los diferentes cuerpos creados por la naturaleza».
Esta, pues, es la «maravillosa ciencia» de Descartes. Utilizando un método de pensamiento analítico creado por él, trató de explicar con precisión todos los fenómenos naturales por un sistema único de principios mecánicos. De este modo pensaba lograr una ciencia a exacta cuyos conceptos fueran de una certeza matemática absoluta. Por supuesto, Descartes no logró llevar a cabo su ambicioso proyecto y él mismo reconoció que no había podido llevar a término su filosofía científica. A pesar de ello, el método de razonamiento y el esquema general de la teoría sobre los fenómenos naturales han determinado el pensamiento científico de Occidente durante tres siglos.
El hombre que realizó el sueño cartesiano completó la Revolución Científica fue Isaac Newton. Nacido en Inglaterra en 1642, Newton desarrolla toda una fórmula matemática del concepto mecanicista de la naturaleza y con ella sintetizó magníficamente las obras de Copérnico y de Kepler, y también las de Bacon, Galileo y Descartes. La física newtoniana, logro supremo de la ciencia del siglo XVII, estableció una teoría matemática del mundo que se convirtió en la base del pensamiento científico hasta mediados del siglo XX. Newton tenía una comprensión de las matemáticas muy superior a la de cualquiera de sus contemporáneos. Inventó el cálculo diferencial, un método totalmente nuevo para describir el movimiento de los cuerpos sólidos que iba mucho más allá de las técnicas matemáticas de Galileo y de Descartes. Este tremendo logro intelectual fue elogiado por Einstein con estas palabras: «Quizá este sea el mayor avance en el campo intelectual que un solo individuo haya tenido el privilegio de hacer».
Kepler había deducido las leyes empíricas del movimiento planetario mediante el estudio de las tablas astronómicas, y Galileo había realizado ingeniosos experimentos para descubrir las leyes de la caída de los cuerpos. Newton aunó los descubrimientos de sus predecesores, formulando las leyes generales del movimiento que rigen todos los objetos del sistema solar, desde las piedras hasta los planetas.
Según la leyenda, Newton tuvo la revelación decisiva de su ciencia un día que, sentado bajo un árbol, vio caer una manzana. Le sobrevino una ráfaga de inspiración y comprendió que la manzana estaba siendo atraída hacia la tierra por la misma fuerza que atraía los planetas hacia el sol; de esta manera encontró la clave de su genial síntesis. Después utilizó su nuevo método matemático para formular las leyes exactas del movimiento para todos los cuerpos en los que influyen la fuerza de gravedad. La importancia de estas leyes se basa en su aplicación universal. Por el hecho de ser válidas para todo el sistema solar parecían confirmar la visión cartesiana de la naturaleza. El universo newtoniano era, en efecto, un enorme sistema mecánico regido por leyes matemáticas exactas.
Anteriormente a Newton existían dos tendencias opuestas en la ciencia del siglo XVII: el método empírico e inductivo propuesto por Bacon y el método racional y deductivo representado por Descartes. En sus Principia, Newton expuso la manera justa de combinar ambos métodos, haciendo hincapié en el hecho de que era imposible llegar a una teoría cierta mediante experimentos desprovistos de una interpretación sistemática ni por medio de unos principios básicos confirmados por la experimentación. Superando a Bacon en la experimentación sistemática y a Descartes en el análisis matemático Newton combinó las dos tendencias en una sola y desarrolló la metodología que ha sido la base de las ciencias naturales desde entonces.
Las partículas de materia son los elementos del mundo newtoniano que se mueven dentro de ese espacio absoluto y en este tiempo absoluto. Toda la materia estaba formada por estos objetos pequeños, sólidos e indestructibles. La teoría de Newton era corpuscular y se diferenciaba del atomismo actual en que los átomos, según Newton, estaban todos hechos de la misma materia. En su opinión, la materia era homogénea y la diferencia entre los tipos de materia era el resultado de la agrupación más o menos densa de los átomos y no de los diferentes pesos o densidades de éstos. Los componentes básicos de la materia podían tener diferentes tamaños pero estaban hechos del mismo «material», y la masa de un objeto dependía de la cantidad total de sustancia material contenida en él.
El movimiento de las partículas era engendrado por la fuerza de gravedad, la cual —en opinión de Newton— actuaba instantáneamente a distancia. Las partículas de materia y las fuerzas existentes entre ellas eran por naturaleza básicamente diferentes y la constitución interna de las partículas era independiente de su interrelación. Newton creía que tanto las partículas como la fuerza de gravedad eran de origen divino y, por consiguiente, no estaban sujetas a un análisis más profundo. En su Óptica, Newton expuso claramente la imagen que él tenía de la creación del mundo material.
Me parece probable que Dios, en el comienzo, creó partículas de materia, sólidas, macizas, duras, impenetrables y móviles, de diversos tamaños y formas, con diferentes propiedades y en distintas proporciones al espacio, como mejor conviniese al objetivo para el que las formó. Y creo que, al ser cuerpos sólidos, estas partículas primitivas son incomparablemente más duras que cualquier cuerpo poroso formado de varias de ellas; su dureza es tal que nunca se desgastan ni se rompen en pedazos; y ninguna fuerza corriente puede dividir lo que Dios unió en los albores de la creación.
En la mecánica newtoniana todos los fenómenos físicos se reducen al movimiento de partículas de materia provocado por su atracción mutua, esto es, por la fuerza de gravedad. Los efectos de esta fuerza en una partícula o en cualquier objeto material están descritos matemáticamente en las ecuaciones newtonianas de movimiento, que forman la base de la mecánica clásica.
Todos los fenómenos tenían una causa y un efecto determinado, y se podía predecir con absoluta certeza —en principio— el futuro de cualquier parte del sistema si se sabía con todo detalle el estado en el que se hallaba en un momento determinado.
Esta imagen de un mundo mecánico perfecto suponía la existencia de un creador externo, un dios monárquico que gobernaba el mundo desde las alturas y le imponía su ley divina. Los fenómenos físicos en sí no eran considerados divinos en ningún sentido y, cuando el desarrollo de la ciencia hizo cada vez más difícil creer en aquel dios, lo divino desapareció por completo de la visión científica del mundo, dejando el vacío espiritual que se ha vuelto una característica de nuestra época. La base filosófica de esta secularización de la naturaleza se halla en la distinción entre espíritu y materia realizada por Descartes. A consecuencia de esta idea, el mundo comenzó a ser considerado un sistema mecánico que podía describirse objetivamente sin tomar en cuenta al observador humano, y esta descripción objetiva de la naturaleza se tornó el ideal de todas las ciencias.
Alentados por el gran éxito de la mecánica newtoniana en la astronomía, los físicos la aplicaron al movimiento continuo de los cuerpos líquidos y a las vibraciones de los cuerpos elásticos, y funcionó una vez más. Por último, hasta la teoría del calor pudo ser reducida a la visión mecanicista, al descubrirse que el calor era la energía generada por un complicado movimiento y roce de los átomos y las moléculas. Asimismo, muchos fenómenos térmicos como la evaporación de los líquidos o la temperatura y presión de los gases, podían entenderse perfectamente desde un punto de vista puramente mecánico.
Para los científicos de los siglos XVIII y XIX, el tremendo éxito del modelo mecanicista corroboraba la teoría según la cual el universo era verdaderamente un enorme sistema mecánico que funcionaba de acuerdo con las leyes de movimiento newtonianas y la mecánica de Newton era la teoría fundamental de los fenómenos naturales.
Si bien en el siglo XIX el estudio de las propiedades de los átomos fue llevado a cabo por químicos y no por físicos, la física clásica se basaba en la idea newtoniana del átomo, que lo concebía como bloques sólidos de materia. Indudablemente, esta imagen contribuyó a crear la reputación de la física como «ciencia dura» y al desarrollo de la «tecnología dura» basada en ella. El éxito estrepitoso de la física newtoniana y la doctrina cartesiana sobre la certeza del conocimiento científico fueron las causas directas del excesivo énfasis que nuestra cultura pone en la ciencia dura y en la tecnología dura. Hasta mediados del siglo XX no se comenzó a ver claramente que la idea de la ciencia dura era parte del paradigma cartesiano-newtoniano.
Si el mundo es verdaderamente una máquina, la mejor manera de descubrir cómo funciona es por medio de la mecánica newtoniana. Por esta razón, una consecuencia inevitable de la visión cartesiana del mundo fue el hecho de que las ciencias del siglo XVIII y XIX siguieran la línea de la física newtoniana. De hecho, Descartes se dio cuenta perfectamente de la importancia básica de la física en su visión del mundo: «Toda la filosofía —escribió— es como un árbol. Sus raíces son la metafísica; su tronco, física; y sus ramas, todas las demás ciencias».
Descartes, había trazado el esquema de un enfoque mecanicista de la física, la astronomía, la biología, la psicología y la medicina. Los pensadores del siglo XVIII fueron mucho más lejos aplicando los principios de la mecánica newtoniana a las ciencias de la naturaleza y de la sociedad humana. Las ciencias sociales recién creadas despertaron gran entusiasmo y muchos de sus defensores llegaron a afirmar que habían descubierto una «física social».
Durante el siglo XIX los científicos siguieron elaborando el modelo mecanicista del universo en todos los campos: física, química, biología, psicología y ciencias sociales. Como consecuencia de ello, la máquina newtoniana del mundo se tornó una estructura mucho más compleja y sutil. Al mismo tiempo, nuevos descubrimientos y nuevos modos de pensar sacaron a la luz las limitaciones del modelo newtoniano y prepararon el terreno para las revoluciones científicas del siglo XX.
En la medida en que el electromagnetismo destronó a la mecánica newtoniana como teoría de mayor validez sobre los fenómenos naturales, surgió una nueva corriente de pensamiento que iba más allá de la imagen del mundo/máquina newtoniana y que llegaría a dominar no sólo las ideas del siglo XIX, sino también todo el pensamiento científico posterior: la evolución, es decir, la idea de cambio, crecimiento y desarrollo. La noción de evolución había surgido por primera vez en geología.
Desde la antigüedad, los filósofos habían acariciado la idea de «una gran cadena del ser» en la naturaleza. Esta cadena, sin embargo, se concebía como una jerarquía estática, que comenzaba con Dios y seguía descendiendo a los ángeles, los seres humanos y los animales, terminando en las formas inferiores de vida. El número de las especies era fijo; no había cambiado desde el día de la Creación. En palabras de Linneo, el gran botánico y clasificador: «Reconocemos tantas especies como salieron en pares de las manos del Creador». Esta visión de las especies biológicas concordaba perfectamente con la doctrina judeo-cristiana y se acomodaba muy bien al mundo newtoniano.
Lamarck fue el primero que propuso una teoría coherente de la evolución, según la cual todos los seres vivientes habían evolucionado de ciertas formas de vida anteriores, mucho más simples, debido a la presión del entorno. A pesar de que los detalles de la teoría de Lamarck fueron superados posteriormente, su obra tiene el valor de haber sido un primer paso en el camino correcto.
El descubrimiento de la evolución biológica obligó a los científicos a abandonar el concepto cartesiano de la máquina del mundo que había surgido perfectamente completo de las manos de su Creador. En su lugar, el universo hubo de ser concebido como un sistema en evolución y en permanente movimiento, en el cual las estructuras complejas se habían desarrollado de las formas más simples. Mientras este concepto nuevo se perfeccionaba en la biología, se comenzaron a vislumbrar en la física ideas similares. A pesar de ello, mientras que en biología la evolución significaba un movimiento hacia un orden y una complejidad superior, en física se trataba exactamente de lo contrario, esto es, de un movimiento hacia un desorden creciente.
Aplicando la mecánica newtoniana al estudio de los fenómenos térmicos, lo cual suponía el tratar los líquidos y los gases como sistemas mecánicos complicados, los físicos llegaron a la fórmula de la termodinámica, la «ciencia de la complejidad».
A finales del siglo XIX la mecánica newtoniana había perdido su papel como la teoría fundamental de los fenómenos naturales. La electrodinámica de Maxwell y la teoría de la evolución de Darwin suponían una serie de conceptos que iban mucho más allá del modelo newtoniano y revelaban que el universo era mucho más complejo de lo que Descartes y Newton habían creído. A pesar de todo, las ideas básicas de la física newtoniana, si bien insuficientes para explicar todos los fenómenos naturales, siguieron considerándose correctas. En las primeras tres décadas de nuestro siglo la situación cambió radicalmente. Dos desarrollos de la física, que culminaron en la teoría de la relatividad y en la cuántica, echaron por tierra los principales conceptos de la visión cartesiana y de la mecánica newtoniana. La noción de espacio y tiempo absolutos, las partículas sólidas elementales, la sustancia de materia fundamental, la naturaleza estrictamente causal de los fenómenos físicos y la descripción objetiva de la naturaleza eran conceptos inaplicables en los nuevos campos en los que la física comenzó a adentrarse.
La Nueva Física
El desarrollo de la física moderna comienza con la extraordinaria proeza intelectual de un hombre: Albert Einstein. En 1905, Einstein publicó dos artículos que dieron pie a dos tendencias revolucionarias en el pensamiento científico. En el primero exponía la teoría general de la relatividad, y el segundo, que trataba de una nueva manera de concebir la radiación electromagnética, contenía las principales características de la teoría cuántica o teoría de los fenómenos atómicos.
Einstein creía firmemente en la armonía intrínseca o individual de la naturaleza, intentó elaborar una teoría unificada de los principios básicos de la física. Con miras a ello, comenzó por dar una estructura común a dos teorías de la física clásica: la electrodinámica y la mecánica. Esta estructura se conoce por el nombre de teoría especial de la relatividad. La teoría de Einstein unifica y completa el esquema de la física clásica y, al mismo tiempo, supone un cambio radical de los conceptos tradicionales de tiempo y espacio y por ello socava los cimientos de la visión newtoniana del mundo. Diez años después, Einstein propuso la teoría general de la relatividad, en la que el esquema de la anterior se extendía a las leyes de la gravitación.
Otro desarrollo significativo de la física en el siglo XX, donde los físicos descubrieron varios fenómenos relacionados con la estructura de los átomos —entre ellos, los rayos X y la radiactividad— que no podían explicarse en términos de física clásica. Además de estudiar estos fenómenos, los físicos supieron servirse de ellos con gran habilidad para adentrarse en varias cuestiones que, sin la ayuda de estos instrumentos, nunca habría sido posible explorar. Descubrieron, por ejemplo, que las partículas llamadas «alfa», producidas por las substancias radiactivas, eran velocísimos proyectiles de dimensiones subatómicas que podían ser utilizados para explorar el interior de un átomo: cuando se las proyectaba sobre ese átomo, estas partículas se desviaban y, a partir de la manera en que lo hacían, se podían sacar conclusiones sobre la estructura atómica.
A través de la exploración del mundo atómico y subatómico, los científicos entraron en contacto con una realidad misteriosa e inesperada que socavaba los cimientos de su visión del mundo y los obligaba a pensar de manera totalmente diferente. Jamás había ocurrido nada igual en la historia de la ciencia. En el siglo XX, los físicos se enfrentaron por vez primera con un serio desafío a su capacidad de comprender el universo. Cada vez que, en un experimento atómico, le preguntaban algo a la naturaleza, ésta les respondía con una paradoja, y cuanto más trataban de esclarecer la situación, más grande se hacía la paradoja. En su afán por entender aquella nueva realidad, los científicos fueron llegando a la conclusión de que todos sus conceptos básicos, toda su terminología y toda su manera de pensar eran insuficientes para descubrir los fenómenos atómicos. No se trataba de un problema exclusivamente intelectual, sino de una experiencia existencial y emotiva de gran intensidad, como la describe Werner Heisenberg: «Recuerdo que, con Bohr, solíamos discutir durante horas, hasta altas horas de la noche, y casi siempre acabábamos descorazonados. Y cuando, al terminar la discusión, me iba a dar un paseo por un parque próximo me repetía a mí mismo una y otra vez: ¿Es posible que la naturaleza sea tan absurda como nos lo parece en estos experimentos atómicos?
Los físicos tardaron mucho tiempo en admitir el hecho de que las paradojas que encontraban eran un aspecto esencial de la física atómica. En palabras de Heisenberg, «en cierto modo lograron penetrar en el espíritu de la física cuántica», encontrando finalmente una fórmula matemática precisa y sólida para su teoría. La teoría cuántica, conocida también por el nombre de mecánica cuántica, fue formulada entre 1900 y 1930 por un grupo internacional de físicos entre los que se hallaban Max Planck, Albert Einstein, Niels Bohr, Louis de Broglie, Erwin Schriklinger, Wolfgang Pauli, Werner Heisenberg y Paul Dirac. Atravesando las fronteras de sus respectivos países, estos hombres aunaron esfuerzos para crear uno de los períodos más apasionantes de la ciencia moderna, en el cual no sólo se asistió a un brillante intercambio de ideas sino también a una serie de conflictos dramáticos —así como de profundas amistades— entre los científicos.
La nueva física exigía una profunda modificación de los conceptos fundamentales a través de los cuales se experimenta el mundo —espacio, tiempo, materia, objeto, causa y efecto— y por ello la transformación suponía un choque violento. Una vez más, en palabras de Heisenberg: «La violenta reacción ante el reciente desarrollo de la física moderna sólo podrá entenderse cuando nos demos cuenta de que fue aquí donde los cimientos o principios de la física comenzaron a vacilar; y este movimiento nos hizo sentir que todo el edificio de la ciencia iba a venirse abajo».
De los cambios revolucionarios que la física provocó en nuestros conceptos de la realidad hoy comienza a surgir una visión sólida del mundo. Esta visión no la comparte toda la comunidad científica, pero su interés en el campo va más allá de los aspectos técnicos de la investigación. Estos científicos están muy interesados en las repercusiones filosóficas de la física moderna y están tratando de mejorar su comprensión de la naturaleza de la realidad, dejando de lado toda idea preconcebida.
La perspectiva cartesiana del mundo es mecanicista; en cambio, la visión del mundo que emerge de la física moderna se caracteriza por ser orgánica, holística y ecológica. Se puede llamar una visión de sistemas, en el sentido de teoría general de sistemas. El mundo ya no puede percibirse como una máquina formada por una gran cantidad de objetos, sino que ha de concebirse como una unidad indivisible o inseparable y dinámica cuyos elementos están estrechamente vinculados y pueden comprenderse sólo como modelos de un proceso cósmico.
Cabe destacar que en El Tao de la Física (Capra), se presenta una descripción detallada de la visión antes expuesta, demostrando su relación con la filosofía de las tradiciones místicas, especialmente con el misticismo oriental. Muchos físicos, educados en un sistema que asocia la idea de misticismo a cosas vagas, misteriosas y nada científicas, se escandalizaron cuando se compararon sus ideas a las de los místicos. Afortunadamente esta actitud está cambiando. Muchísimas personas han comenzado a interesarse en las filosofías orientales; la meditación ya no se considera algo ridículo o sospechoso, y el misticismo comienza a tomarse en serio incluso dentro de la comunidad científica. Cada día aumenta el número de científicos para quienes el pensamiento místico proporciona una estructura sólida y pertinente a las teorías de la ciencia contemporánea, una concepción del mundo en la que los descubrimientos científicos están en armonía con las metas espirituales y las creencias religiosas de la humanidad.
La investigación experimental atómica de comienzos de siglo obtuvo resultados sensacionales y totalmente inesperados. Se descubrió que los átomos distaban mucho de ser las partículas duras y sólidas de la teoría consagrada; por el contrario, consistían en vastos espacios y un núcleo alrededor del cual se movían unas partículas extremadamente pequeñas: los electrones. Unos años más tarde, la teoría cuántica demostró claramente que incluso las partículas subatómicas —los electrones, los protones y los neutrones situados en el núcleo—no tenían ninguna semejanza con los objetos sólidos descritos por la física clásica. Estas unidades de materia subatómica son entidades duales muy abstractas: según como se las vea, unas veces aparecen como partículas, y otras, como ondas. Esta naturaleza dual también está presente en la luz, que puede tomar la forma de ondas electro-magnéticas o de partículas. Einstein fue el primero en llamar «cuantos» —de ahí el origen del término «teoría cuántica»— a las partículas de luz, hoy conocidas por el nombre de fotones.
La naturaleza dual de la materia y de la luz es muy misteriosa. Sin embargo, los físicos tuvieron que aceptar que la situación parecía irremediablemente paradójica hasta que se dieron cuenta de que los términos «partícula» y «onda» se referían a dos conceptos clásicos que jamás podrían describir completamente los fenómenos atómicos. Un electrón no es una partícula ni una onda, si bien unas veces tiene aspectos similares a los de una partícula y otras, a los de una onda. Mientras actúa como partícula, puede desarrollar su naturaleza ondulante a expensas de su naturaleza corpuscular y viceversa. Por consiguiente, la partícula se transforma continuamente en onda, y la onda, en partícula. Esto significa que ni los electrones, ni ningún otro «objeto» atómico tienen propiedades que sean independientes de su entorno. Las propiedades que sí tienen —sean éstas ondulantes o corpusculares— dependerán de la situación experimental, esto es, del sistema con el que se vean obligadas a entablar una relación recíproca.
A fin de facilitar la comprensión de la relación existente entre pares de conceptos clásicos, Niels Bohr introdujo la idea de complementariedad. Bohr concibió las imágenes de la onda y la partícula como dos descripciones complementarias de la misma realidad; por tanto, sólo parcialmente correctas y con un campo de aplicaciones limitado. La noción de complementariedad se ha convertido en parte esencial del concepto de la naturaleza sostenido por los físicos, y Bohr sugirió repetidas veces que tal vez esta noción podría resultar útil fuera del campo de la física. En el estudio sobre la terminología china del yin/yang se ha empleado mucho la noción de polaridad, pues los contrarios yin y yang están relacionados de manera complementaria o polarizada.
Para resolver la paradoja de la onda/partícula, los físicos no tuvieron más remedio que aceptar un aspecto de la realidad que ponía en duda la base misma de la visión mecanicista: el concepto de la realidad de la materia. A nivel subatómico, la materia no existe con certeza en un lugar definido, sino que muestra una «tendencia a existir»; los acontecimientos atómicos no ocurren con certeza en un momento definido y de manera definida, sino que muestran una «tendencia a ocurrir». En el formalismo de la mecánica cuántica estas tendencias se expresan como probabilidades y se relacionan con cantidades que toman la forma de ondas. Por este motivo, una partícula puede conservar su naturaleza de partícula y, al mismo tiempo, ser una onda. Todas las leyes de la física atómica se expresan en términos de probabilidades. Nunca se puede predecir con seguridad un acontecimiento atómico: solamente se puede predecir la probabilidad de que ocurra.
El descubrimiento del aspecto dual de la materia y del papel fundamental de la probabilidad destruyó la idea clásica del objeto sólido. A nivel subatómico, los objetos de materia sólida de la física clásica se dispersan en formas ondulatorias de probabilidades. El proceso de observación de la física atómica se llega a la conclusión de que las partículas subatómicas no tienen ningún significado como entidades aisladas sino como correlaciones o conexiones entre varios procesos de observación y medida. Sobre este tema Niels Bohr escribió: «las partículas de materia aisladas son abstracciones; la única manera en que podemos definir y observar sus propiedades es a través de la interacción que establecen con otros sistemas».
Es así como la física moderna revela la unidad básica del universo, demostrando la imposibilidad de dividir el mundo en partes aisladas independientes. Como la materia, la naturaleza no está formada de componentes básicos aislados; se trata, por el contrario, de una compleja red de relaciones entre las diferentes partes de un conjunto unificado. Heisenberg lo describe: «El mundo parece un complicado tejido de acontecimientos en el que toda suerte de conexiones se alternan, se superponen o se combinan y de ese modo determinan la textura del conjunto».
Así pues, el universo es un conjunto unificado que, hasta cierto punto, puede dividirse en partes aisladas, en objetos formados de moléculas y átomos que, a su vez, están compuestos de partículas. Y es aquí, al llegar a las partículas, donde la noción de la división en partes se derrumba. Las partículas subatómicas «y, por consiguiente, todas las partes del universo» no pueden concebirse como entidades aisladas y han de definirse a través de sus correlaciones, Según Henry Stapp, profesor de la Universidad California: «una partícula elemental no es una entidad imposible de analizar que exista independientemente; una partícula es, esencialmente, una serie de relaciones que se proyectan hacia otras situadas en su exterior».
En la teoría cuántica, el hecho de que los fenómenos atómicos sean determinados por sus correlaciones dentro del conjunto está estrechamente vinculado al papel fundamental desempeñado por probabilidad. La física clásica utiliza la probabilidad cuando conoce los detalles mecánicos de un acontecimiento. Por ejemplo cuando tiramos un par de dados, podríamos «en principio» predecir el resultado si supiéramos todos los detalles implicados en el proceso de la composición exacta de los dados, la superficie sobre la que ruedas etc. Estos detalles se llaman variables limitadas, pues están incluidos dentro de los mismos objetos.
Así pues, tanto la física clásica como la cuántica utilizan el concepto de probabilidad por razones parecidas. En ambos casos hay una serie de variables «ocultas» que nos impiden realizar pronósticos exactos. Sin embargo, hay una diferencia crucial: mientras que las variables ocultas de la física clásica representan mecanismos limitados, las variables de la física cuántica no son limitadas, sino que se conectan instantáneamente con el conjunto del universo. Cuando se trata de dimensiones pequeñas, la influencia de las conexiones ilimitadas se vuelve más fuerte: en este caso, las leyes de la física sólo pueden formularse en términos de probabilidades, y se hace cada vez más difícil separar de la unidad cualquier parte del universo.
Einstein creía firmemente en una realidad exterior formada de elementos independientes aislados en el espacio, y en ello radica la esencia de su desacuerdo con Bohr. Por este motivo, la filosofía de Einstein era esencialmente cartesiana. Si bien es cierto que sus teorías iniciaron la revolución científica del siglo XX y que su teoría de la relatividad fue mucho más lejos que la de Newton.
Según Einstein, puesto que ninguna señal puede viajar más rápido que la velocidad de la luz, es imposible que la medida tomada en una partícula determine instantáneamente el sentido de otra partícula situada a miles de kilómetros de distancia. Según Bohr, el sistema de dos partículas es una unidad indivisible, aun cuando éstas estén separadas por una distancia enorme; es imposible analizar el sistema en términos de partes independientes. En otras palabras, no se puede aplicar la visión cartesiana de la realidad a un sistema de dos electrones que, aunque separados en el espacio, siguen estando enlazados por una serie de conexiones instantáneas e ilimitadas. Estas conexiones no son señales en el sentido einsteiniano, sino que trascienden a nuestras nociones convencionales sobre la transferencia de información.
La importancia de las conexiones ilimitadas y de la probabilidad en el campo de la física atómica supone una nueva noción de causalidad que probablemente tenga profundas repercusiones en todas las ramas de la ciencia. La ciencia clásica se forjó a través del método cartesiano que analiza el mundo reduciéndolo a sus partes constitutivas y disponiendo estas partes de acuerdo con ciertas leyes causales. La imagen determinista del universo que de ello resulta está estrechamente vinculada a la imagen de la naturaleza que funciona como un reloj. En física atómica resulta imposible concebir esta imagen mecánica y determinista. La teoría cuántica nos ha enseñado que el mundo no puede analizarse a partir de una serie de elementos aislados que existen de manera independiente. La noción de partes separadas —sean éstas átomos o partículas subatómicas— es una idealización que tiene sólo un valor aproximativo; dichas partes no están conectadas por leyes causales en el sentido clásico.
Las leyes de la física atómica son leyes estadísticas según las cuales las probabilidades de que ocurran ciertos fenómenos atómicos están determinadas por la dinámica de todo el sistema. Mientras que, en la mecánica clásica, las propiedades y el comportamiento de las partes determinan los del, todo, en la mecánica cuántica, la situación es exactamente la contraria: es el todo lo que determina el comportamiento de las partes.
Los conceptos de no limitación y de causalidad estadística implican claramente que la estructura de la materia no es mecánica. De ahí que el término «mecánica cuántica» sea inadecuado para describir esta ciencia, como ha indicado David Bohm. Bohm enunció varias hipótesis interesantes sobre el paralelismo existente entre los procesos cuánticos y los procesos del pensamiento, añadiendo varios conceptos a la famosa declaración que James Jeans había hecho dos décadas antes: «Hoy existe un acuerdo bastante amplio en que corriente del conocimiento se está dirigiendo hacia una realidad no mecánica. El universo comienza a parecer un gran pensamiento en vez de una gran máquina».
La evidente similitud que se observa entre la estructura de la materia y la estructura de la mente no tiene por qué resultar sorprendente, pues la conciencia humana tiene una gran importancia en el proceso de observación y, en el campo de la física atómica, determina en gran medida las propiedades de los fenómenos observados. Esta es otra de las ideas expuestas por la mecánica cuántica, que probablemente llegue a tener consecuencias trascendentales. En física atómica, los fenómenos observados sólo pueden concebirse como correlaciones entre varios procesos de observación y de medición, y al final de esta cadena de procesos siempre se halla la conciencia del observador humano. El aspecto crucial de la teoría cuántica es que el observador no sólo es necesario para observar las propiedades de los fenómenos atómicos, sino también para provocar la aparición de estas propiedades. Por ejemplo, la decisión consciente sobre la manera de observar un electrón determinará hasta cierto punto las propiedades de este electrón. Si le hago una pregunta considerándolo como partícula, me responderá como partícula; si, en cambio, le hago una pregunta considerándolo una onda, me responderá como onda. El electrón no tiene propiedades objetivas que no dependan de mi mente. En física atómica es imposible mantener la distinción cartesiana entre la mente y la materia, entre el observador y lo observado. No se puede hablar de la naturaleza sin hablar, al mismo tiempo, sobre uno mismo.
Los modelos que los científicos observan en la naturaleza están íntimamente vinculados a los procesos de sus mentes, a sus conceptos, pensamientos y valores. Así pues, los científicos que obtienen y las aplicaciones tecnológicas que investiguen siempre estarán condicionados por su estado de ánimo. Si bien es cierto que las detalladas investigaciones que realizan no dependen explícitamente de su sistema de valores, el paradigma dentro del cual éstas se llevan a cabo jamás estará libre de valores. Por tanto, los científicos no sólo tienen una responsabilidad intelectual por sus investigaciones, sino también una responsabilidad moral. Este punto se ha vuelto muy importante en muchas de las ciencias actuales, especialmente en la física, donde los resultados de la mecánica cuántica y de la teoría de la relatividad han abierto dos caminos muy distintos. Los físicos tenemos que escoger —poniéndolo en términos extremos— entre Buda o la Bomba, y a cada uno de nosotros le toca decidir qué camino tomar.
El hecho de que las partículas no sean entidades aisladas, sino modelos ondulatorios de probabilidades, significa que se comportan de manera muy peculiar. Cuando una partícula subatómica está confinada en una pequeña región del espacio, reacciona ante el confinamiento moviéndose continuamente. Cuanto más pequeño sea el espacio en el que se halla confinada, más rápidos serán los movimientos de la partícula. La tendencia de las partículas a reaccionar con el movimiento ante una limitación que se les impone implica una «inquietud» fundamental de la materia que es una característica del mundo subatómico. En este mundo, la mayoría de las partículas de materia están confinadas, ligadas a estructuras atómicas, moleculares y nucleares y, por consiguiente, no están en reposo, sino que, por el contrario, denotan una tendencia intrínseca a moverse. Según la teoría cuántica, la materia siempre es inquieta, nunca está en reposo, hasta el punto de que los objetos pueden ser concebidos como un conjunto de componentes más pequeños —moléculas, átomos y partículas— que permanecen en un estado de movimiento continuo. Desde el punto de vista macroscópico, los objetos materiales que nos rodean pueden parecer pasivos o inertes; pero cuando observamos una piedra «muerta» o un metal «muerto» con la ayuda de instrumentos ampliadores, constatamos que está lleno de actividad.
Así pues, para la física moderna, la materia no es algo pasivo e inerte, sino algo que se mueve continuamente, danzando y vibrando, cuyos modelos rítmicos los determina la configuración de sus moléculas, de sus átomos y de su núcleo. Se llega a la conclusión de que no existen estructuras estáticas en la naturaleza. Existe una estabilidad, y esta estabilidad es el resultado de un equilibrio dinámico. Cuanto más nos adentramos en la materia, mayor necesidad tenemos de entender su naturaleza dinámica para poder comprender sus modelos.
La teoría de la relatividad de Einstein ha modificado drásticamente nuestro concepto del tiempo y del espacio. Nos ha obligado a abandonar la idea de un espacio absoluto que sirve de escenario a los fenómenos físicos y la de un tiempo absoluto como una dimensión aislada del espacio. Según la teoría de Einstein, el espacio y el tiempo son conceptos relativos y desempeñan un papel subjetivo como elementos del lenguaje que el observador utiliza para describir los fenómenos de la naturaleza. A fin de proporcionar una descripción exacta de los fenómenos que ocurren a una velocidad próxima a la velocidad de la luz, se ha de usar una estructura «relativista» que incorpore el tiempo a las tres coordenadas espaciales, convirtiéndolo, en una cuarta coordenada que ha de determinarse en relación con el observador. En una estructura tal, espacio y tiempo están vinculados, íntimamente y de forma inseparable y constituyen una magnitud continua cuadridimensional llamada «espacio-tiempo». En la física relativista nunca se puede hablar del espacio sin hablar del tiempo; y viceversa.
La teoría de la relatividad enseña la misma lección que la mecánica cuántica; demuestra que las ideas sobre la realidad se limitan a la experiencia cotidiana que existe en el mundo físico y que hay que abandonar si se quiere ampliar las experiencias.
Los conceptos de tiempo y espacio son tan básicos para nuestra descripción de los fenómenos naturales que el hecho de que la teoría de la relatividad los modificase radicalmente supuso una modificación de toda la estructura que la física utilizaba para describir la naturaleza. La consecuencia más importante de la nueva estructura relativista, fue el descubrimiento de que la masa no es más que una forma de energía. Hasta un objeto en reposo almacena energía en su masa, y la relación entre ambas se obtiene mediante la famosa ecuación einsteineana E = m c2, siendo c la velocidad de la luz.
Cuando se la ve como una forma de energía, ya no se requiere que la masa sea indestructible, sino que tenga la posibilidad de transformarse en otras formas de energía.
Hoy se sabe que tanto la energía como la materia tienen un origen común en los modelos dinámicos que llamamos partículas. Los modelos energéticos del mundo subatómico forman las estructuras estables de los núcleos, átomos y moléculas que constituyen la materia, dándole un aspecto macroscópico y sólido que crea la ilusión de que están hechos de alguna substancia material. A nivel macroscópico esta noción de substancia puede resultar útil como aproximación al concepto, pero a nivel atómico ya no tiene sentido. Los átomos se componen de partículas y estas partículas no están hechas de materia. Cuando las observamos no podemos comprobar la existencia de substancia alguna, sino de unos modelos dinámicos en continua transformación: la danza continua de la energía.
Así pues, las dos teorías básicas de la física moderna han trascendido los principales aspectos de la visión cartesiana del mundo y de la física newtoniana. La teoría cuántica ha demostrado que las partículas subatómicas no son corpúsculos aislados de materia, sino modelos de probabilidades, conexiones de una red cósmica indivisible que incluye al observador humano y su conciencia. La teoría de la relatividad ha dado vida —por decirlo así— a la red cósmica, al, revelar su naturaleza intrínsecamente dinámica y al demostrar que, su actividad es la esencia misma de su existencia. La física moderna ha reemplazado la imagen mecánica del universo por la de una unidad individual y dinámica cuyas partes constitutivas están vinculadas en su esencia y que puede concebirse sólo como modelo de un proceso cósmico. A nivel subatómico, las correlaciones y las interacciones de las partes de la unidad son más importantes que las partes mismas. Hay movimiento, pero no hay, en el fondo, objetos que se muevan; hay actividad, pero no hay actores; no existen danzantes, sólo existe la danza.
Las investigaciones de la física actual tienen como objeto forjar una teoría general de las partículas subatómicas que sintetice la mecánica cuántica y la teoría de la relatividad. En la actualidad, existen dos teorías «cuántico-relativistas» de la física de las partículas que han tenido éxito aplicadas a distintos campos. La primera es un grupo de teorías del campo cuántico que se aplican a las interacciones electromagnéticas y débiles. En la segunda, se trata de la llamada teoría de la matriz S, que se ha utilizado con éxito para describir interacciones intensas.
La base filosófica de la teoría de la matriz S se conoce por el nombre de enfoque bootstrap*. Propuesto a comienzos de la década los sesenta por Geoffrey Chew, fue utilizado por muchos físicos para formular una teoría general sobre las partículas de interacciones tensas de acuerdo con una nueva filosofía de la naturaleza. Según filosofía del enfoque bootstrap, es imposible reducir la naturaleza una serie de entidades fundamentales semejantes a bloques básicos de materia; por el contrario, la naturaleza debe concebirse enteramente a través de su autoconsistencia. Todos los conceptos físicos resultan de la exigencia de que sus componentes han de ser consistentes consigo mismos y entre sí. Esta idea constituye una nueva orientación del espíritu tradicional de las investigaciones básicas en el campo de la física, en las que siempre se trataban de encontrar los constituyentes últimos de la materia. Al mismo tiempo, representa el punto culminante del concepto del mundo material como una red de relaciones vinculada, que resulta de la teoría cuántica. El universo es una red dinámica de fenómenos relacionados entre sí. Ninguna de las propiedades de parte de esta red es fundamental; todas ellas son resultado de propiedades de las demás y la consistencia general de sus correlaciones determina la estructura de toda la red.
El concepto del orden como un nuevo e importante aspecto de la física de las partículas es el elemento clave de la reciente teoría bootstrap de las partículas subatómicas. El orden, en este contexto, significa las interconexiones ordenadas de los procesos subatómicos. Puesto que los hechos subatómicos pueden conectarse de varias maneras, cabe determinar varias categorías de orden. El lenguaje de la topología o razonamiento, que los matemáticos conocen muy bien, pero que nunca ha sido aplicado a la física de partículas, se utiliza para clasificar estas categorías de orden. Cuando el concepto del orden se incorpora a la estructura matemática de la matriz S, el resultado es que sólo unas pocas categorías especiales de relaciones ordenadas son consecuentes con esta estructura. Los modelos de interacciones de partículas que resultan de ello son iguales a los que se observan en la naturaleza.
La aparición del orden como un concepto nuevo y central en el campo de las partículas ha llevado a un avance espectacular en la teoría de la matriz S y también es posible que tenga enormes repercusiones en todos los campos de la ciencia. La significación del orden en física subatómica sigue estando envuelta en el misterio y aún no se sabe hasta qué punto se la puede incorporar a la estructura de la matriz S, pero es curioso recordar que el orden cumple una función básica en el enfoque científico de la realidad, además de ser un aspecto crucial de todos los métodos de información. La capacidad de reconocer el orden parece ser un aspecto esencial de la mente racional; toda percepción de un modelo es, en cierto sentido, una percepción del orden. La aclaración del concepto de orden en un campo de investigación en el que cada vez más modelos de la materia y de la mente son reconocidos como reflejos el uno del otro, promete abrir fascinantes fronteras al conocimiento.
Nuevas extensiones del enfoque bootstrap en la física subatómica tendrán que ir, a la larga, más allá de la actual teoría de la matriz S, que se formuló específicamente para describir las interacciones intensas. A fin de ampliar el programa bootstrap, los físicos tendrán que encontrar una estructura más general, en la que los distintos conceptos que hoy se aceptan sin discusión tendrán que derivarse de la autoconsistencia general. Entre ellos cabe incluir el concepto de espacio-tiempo microscópico y, quizás, hasta el concepto que tenemos de la conciencia humana. Un aumento del uso del enfoque bootstrap abre una posibilidad sin precedentes que nos obliga a incluir explícitamente el estudio de la conciencia humana en cualquier teoría futura sobre la materia. El problema de la conciencia ya ha aparecido en la cuántica en relación con el problema de la observación y la medición, pero la fórmula pragmática utilizada por los científicos en sus investigaciones no hace referencia explícita a la conciencia. Varios físicos afirman que la conciencia podría ser un aspecto esencial del universo y que, si persistimos en excluirla, podríamos impedir una futura comprensión de los fenómenos naturales.
En la actualidad existen dos enfoques en la física que se aproximan mucho a un tratamiento explícito de la conciencia. El primero de ellos es la noción del orden en la teoría de la matriz S de Chew; el segundo es una teoría formulada por David Bohm que sigue un planteamiento más general y ambicioso. Partiendo de la noción de la «unidad intacta», el objetivo de Bohm es la exploración del orden que él considera intrínseco de la red cósmica de relaciones, a un nivel más profundo, «no manifiesto». Para Bohm, se trata de un orden «implicado» o «envuelto» y lo describe con la analogía de un holograma. En la visión de Bohm el mundo real está estructurado de acuerdo con los mismos principios generales, con la unidad comprendida en cada una de sus partes.
La teoría de Bohm es todavía una tentativa pero, aun en esta etapa preliminar, parece haber una afinidad entre su teoría del orden implícito y la teoría de la matriz S formulada por Chew. Ambos enfoques se basan en un concepto del mundo como red de relaciones dinámicas; ambos atribuyen un papel primordial a la noción de orden; ambos usan matrices para representar el cambio y la transformación, y la topología para clasificar las categorías del orden. Por último, ambas teorías reconocen la posibilidad de que la conciencia sea un aspecto esencial del universo que habría que incluir en una teoría futura sobre los fenómenos físicos. Esta teoría muy bien podría surgir de la fusión de las teorías de Chew y Bohm, que representan dos de los enfoques más imaginativos y filosóficamente más profundos que tenemos sobre la realidad física.
El hecho de que la física moderna ha trascendido la visión mecanicista cartesiana del mundo, esto nos lleva un concepto holístico intrínsicamente dinámico del universo.
La visión del mundo de la física moderna es una visión de sistemas y concuerda con los enfoques de sistemas que hoy se comienzan a perfilar en otros campos, aunque los fenómenos estudiados por estas disciplinas suelen ser de otra naturaleza y requerir conceptos diferentes. Al trascender la metáfora del mundo/máquina, se han visto obligados a abandonar la idea de la física como base de toda la ciencia. Según el enfoque bootstrap, o visión de sistemas, es posible utilizar conceptos diferentes pero consecuentes entre sí para describir distintos aspectos y niveles de la realidad, sin que por ello sea necesario reducir los fenómenos de un nivel a los de otro.
CONCLUSIONES
La visión cartesiana del universo, cuya influencia ha sido muy grande y tiene vigencia en estos tiempos, ha afectado la forma en la cual se aborda el estudio de los problemas. Esto provoca, a juicio de Capra, que no se pueda encontrar soluciones satisfactorias a múltiples problemas actuales.
La ciencia puede ofrecer grandes posibilidades para el desarrollo de la humanidad, pero no es suficiente. Es necesario, también, el respeto por la diversidad, la tolerancia, una mejor distribución de la riqueza y el respeto de los derechos humanos. Además, cuenta quienes puedan acceder al quehacer científico y a los resultados de estos esfuerzos y con qué fines.
No todos los problemas que tenemos podrán ser resueltos por nuestra ciencia. El ser humano como ente en constante evolución física y espiritual, debe reconocer sus limitaciones.
El quehacer científico debe fundamentarse en la convicción de que sus resultados serán siempre aproximaciones perfectibles de la realidad.
Otras formas de conocimiento, como las tradiciones y las creencias, pueden aportar al quehacer científico y deben ser respetadas, preservadas, investigadas y promovidas.
Si se le da alguna validez a la concepción del “ying y del yang” se debe suponer que diferentes paradigmas mantendrán vigencia de manera simultánea, tomando mayor influencia unos en determinados períodos.
La nueva visión del universo físico no fue en absoluto fácil de aceptar para los científicos de comienzos de siglo. La exploración del mundo atómico y subatómico los hizo entrar en contacto con una realidad extraña e inesperada que parecía desafiar cualquier explicación coherente. En sus esfuerzos por comprender esta nueva realidad, los científicos se dieron cuenta —muy a su pesar— de que sus conceptos básicos, su lenguaje y toda su manera de pensar eran inadecuados para describir los fenómenos atómicos. Estos problemas no eran simplemente intelectuales, sino que comportaban una intensa crisis emocional y, por decirlo así, hasta existencial. Los hombres de ciencia necesitaron mucho tiempo para superar esta crisis, pero al final se vieron premiados con un conocimiento profundo de la naturaleza de la materia y de sus relaciones con la mente humana.
La sociedad actual en conjunto se encuentra en una crisis. Todos los días se puede leer algo en los periódicos acerca de las numerosas manifestaciones de crisis. La sociedad se enfrenta a una inflación galopante, a una crisis energética, a una crisis de la asistencia médica, a la contaminación y otros desastres ambientales, a una creciente oleada de violencia y criminalidad. Todos estos fenómenos no son más que distintas facetas de una única crisis, y que esta crisis es esencialmente de percepción. Como la crisis por la que pasó la física en los años veinte, también esta es consecuencia de la tentativa de aplicar los conceptos de una visión anticuada del mundo —la mecanicista visión del mundo de la ciencia newtoniano-cartesiana— a una realidad que ya no puede comprenderse desde ese punto de vista. Hoy se vive en un mundo caracterizado por sus interconexiones a nivel global en el que los fenómenos biológicos, psicológicos, sociales y ambientales, son todos recíprocamente independientes. Para describir este mundo de manera adecuada, necesitamos una perspectiva ecológica que la concepción cartesiana del mundo no puede ofrecer.
Lo que se necesita es un nuevo «paradigma», una nueva visión de la realidad; una transformación fundamental de los pensamientos, de las percepciones y de los valores. Los inicios de esta transformación, de la transición de una concepción mecanicista a una concepción holística de la realidad, ya se comienzan a vislumbrar en todos los campos y es probable que se impongan en esta década.
Actualmente, la mayoría de los movimientos sociales están actuando aisladamente, pues aún no han reconocido hasta qué punto se encuentran vinculados sus objetivos. Con lo antes expuesto, se debe presentar una estructura conceptual coherente que ayude a reconocer los puntos en común de los objetivos. Cuando esto se logre, es de esperar que los distintos movimientos se fusionen y creen una potente fuerza orientada a la transformación social. La gravedad y la extensión global de la crisis actual indican que de este cambio podría resultar una transformación de dimensiones sin precedentes, un punto crucial, giro decisivo para todo el planeta.
PENSAMIENTO DE CAPRA
“Creo que la concepción del mundo implícita en la física moderna es incompatible con nuestra sociedad actual, que no refleja las relaciones armoniosas e interdependientes que observamos en la naturaleza. Para alcanzar este estado de equilibrio dinámico se necesitará una estructura económica y social radicalmente diferente: una revolución cultural en el verdadero sentido de la palabra. La supervivencia de toda nuestra civilización podría depender de nuestra capacidad para efectuar este cambio”.
BIBLIOGRAFÍA
Capra Fritjof. El Punto Crucial, Ciencia, sociedad y cultura naciente. Editorial & Estaciones.1992.
Enlaces:
http://es.wikipedia.org/wiki/Fritjof_Capra
http://www.fritjofcapra.net/
http://www.tendencias21.net/Fritjof-Capra-la-ciencia-fisica-es-la-base-de-una-vida-sostenible_a1577.html
Ing. Liliana Pereira C.I: 14.931.939
Lic. Rona Aponte C.I: 15.155.969
INDICE
INTRODUCCION........................................................................................................... 3
Biografía de Fritjof Capra (Viena, 1 de febrero de 1939).......................... 4
LOS DOS PARADIGMAS DE CAPRA.................................................................... 6
La Maquina Newtoniana Del Mundo..................................................................... 6
La Nueva Física........................................................................................................... 16
CONCLUSIONES.......................................................................................................... 29
PENSAMIENTO DE CAPRA..................................................................................... 31
BIBLIOGRAFÍA............................................................................................................. 32
INTRODUCCION
Los nuevos conceptos de la física han ocasionado un profundo cambio en nuestra visión del mundo, determinando el paso de una concepción mecanicista cartesiana y newtoniana, a una visión holística y ecológica, debido a que tiende a ser muy parecida a las concepciones de los místicos de todas las épocas y de todas las tradiciones.
Todos los días se puede leer algo en los periódicos acerca de las numerosas manifestaciones de crisis. Nos enfrentamos a una inflación galopante y un alto índice de paro, a una crisis energética, a una crisis de la asistencia médica, a la contaminación y otros desastres ambientales, a una creciente oleada de violencia y criminalidad, estos fenómenos no son más que distintas facetas de una única crisis, y que esta crisis es esencialmente de percepción
Actualmente vivimos en un mundo caracterizado por sus interconexiones a nivel global en el que los fenómenos biológicos, psicológicos, sociales y ambientales, son todos recíprocamente independientes. Para describir este mundo de manera adecuada, se necesita una perspectiva ecológica que la concepción cartesiana del mundo no nos puede ofrecer.
Por consiguiente, lo que necesitamos es un nuevo «paradigma», una nueva visión de la realidad; una transformación fundamental de nuestros pensamientos, de nuestras percepciones y de nuestros valores. Los inicios de esta transformación, de la transición de una concepción mecanicista a una concepción holística de la realidad, ya se comienzan a vislumbrar en todos los campos.
La nueva visión conlleva a la creación de una potente fuerza orientada a la transformación social. La gravedad y la extensión global de la crisis actual indican que de este cambio podría resultar una transformación de dimensiones sin precedentes, un punto crucial, giro decisivo para todo el planeta.
Capra, pensó que la concepción del mundo implícita en la física moderna es incompatible con nuestra sociedad actual, que no refleja las relaciones armoniosas e interdependientes que observamos en la naturaleza. Para alcanzar el estado de equilibrio dinámico se necesitará una estructura económica y social radicalmente diferente: una revolución cultural en el verdadero sentido de la palabra. La supervivencia de toda nuestra civilización podría depender de nuestra capacidad para efectuar el cambio.
Biografía de Fritjof Capra (Viena, 1 de febrero de 1939)
Fritjof Capra, es un reconocido físico austriaco. Doctor en Física teórica por la Universidad de Viena en 1966, ha trabajado como investigador en física subatómica en la Universidad de París, en la Universidad de California (U.C.) en Santa Cruz, en el Acelerador Lineal de Londres y en el Laboratorio Lawrence Berkeley de la U.C. También ha sido profesor en la U.C. en Santa Cruz, en Berkeley y en la Universidad de San Francisco.
En paralelo a sus actividades de investigación y enseñanza, desde hace más de 30 años Capra ha estudiado en profundidad las consecuencias filosóficas y sociales de la ciencia moderna. Sobre este tema imparte seminarios y conferencias, con relativa frecuencia, en diversos países.
Su producción literaria se inició con la publicación de un icono moderno: El Tao de la Física, best-seller que supuso el punto de partida de numerosas publicaciones sobre la interrelación entre el universo descubierto por la física moderna y el misticismo antiguo, principalmente oriental. Sorprendió a un numeroso público de distintos ámbitos culturales con la publicación de ésta obra, donde además de hacer referencia a sus experiencias espirituales sobre la naturaleza de la energía (1969) desarrolla su tesis que vincula los conceptos de las tradiciones ancestrales orientales con los nuevos aportes en el campo de la materia.
Sus trabajos de investigación y divulgación siguientes incluyen estudios en que los postulados aportados por su primer libro se extienden a otras áreas, como la biología y la ecología, enfatizando en todos ellos la necesidad de alcanzar una nueva comprensión del universo que nos rodea como un todo en el que, para comprender sus partes, es necesario estudiar su interrelación con el resto de los fenómenos, pues su visión está basada en que la naturaleza de la realidad es un proceso creativo e interconectado en el que nada puede ser entendido por sí mismo, sino por su pertenencia a la infinita y extensa danza de la creación.
Es un físico y un especialista en teoría de sistemas que consagró 20 años a la física de partículas antes de centrar su interés en otras ramas de investigación, a mediados de los 80. Célebre escritor, es autor de Las conexiones invisibles.
Capra, que se describe a sí mismo como un educador y un ecologista militante, es director fundador del Center for Ecoliteray de Berkeley (California), que promueve la reflexión sobre la ecología y los sistemas en la enseñanza primaria y secundaria. En esta entrevista, Capra expresa sus conceptos sobre física moderna y sobre “la educación para una vida duradera”.
Actualmente realiza sus investigaciones en el Lawrence Berkeley Laboratory y ejerce como docente en la Universidad de California. Otras obras: El punto crucial, Sabiduría insólita.
"Creo que en la comunidad científica el misticismo se tenía por algo muy vago, que describía algo confuso, nebuloso y muy acientífico. Ahora bien, ver que la teoría tan acariciada por uno se compara con esta actividad sumamente acientífica resulta amenazante para los físicos. Se lo he oído decir a muchos de ellos. Por otro lado sé que algunos de los grandes físicos de nuestro siglo se enriquecieron enormemente al reconocer que los conceptos básicos de sus teorías eran semejantes a los de las tradiciones místicas. Algunos lo encontraron difícil al principio. Pero finalmente lo consideraban como un gran enriquecimiento intelectual y cultural de sus vidas. El primero fue Heisenberg".
LOS DOS PARADIGMAS DE CAPRA
La Maquina Newtoniana Del Mundo
La nueva mentalidad y la nueva percepción del mundo dieron a la civilización occidental los rasgos que caracterizan la era moderna y se convirtieron en las bases del paradigma que ha dominado nuestra cultura durante los últimos trescientos años.
Antes del 1500, en Europa —y en la mayoría de las demás civilizaciones— predominaba una visión orgánica del mundo. Las personas vivían en pequeñas comunidades solidarias y sentían la naturaleza en términos de relaciones orgánicas cuyos rasgos característicos eran la interdependencia de los fenómenos materiales y espirituales y la subordinación de las necesidades individuales a las comunitarias. La estructura científica de esta visión orgánica del mundo se basaba en dos fuentes históricas de importancia reconocida: Aristóteles y la Biblia. En el siglo XIII santo Tomás de Aquino conjugó la doctrina aristotélica de la naturaleza con la ética y la teología del Cristianismo, estableciendo una estructura conceptual que no fue cuestionada nunca durante la Edad Media. La naturaleza de la ciencia medieval era muy diferente a la de la ciencia contemporánea. La primera se basaba al mismo tiempo en la razón y en la fe y su meta principal era comprender el significado y la importancia de las cosas, no predecirlas o controlarlas. En la Edad Media, los científicos que investigaban el objetivo primario de los distintos fenómenos naturales daban la máxima importancia a todo lo relacionado con Dios, con el alma humana y con la ética.
En los siglos XVI y XVII los conceptos medievales sufrieron un cambio radical. La visión del universo como algo orgánico, vivo y espiritual fue reemplazada por la concepción de un mundo similar a una máquina; la máquina del mundo se volvió la metáfora dominante de la era moderna. Esta evolución fue el resultado de varios cambios revolucionarios en el campo de la física y de la astronomía que culminaron en las teorías de Copérnico, Galileo y Newton.
La ciencia del siglo XVII se basaba en un nuevo método de investigación, defendido enérgicamente por Francis Bacon, que incluía dos teorías: la descripción matemática de la naturaleza y el método analítico de razonamiento concebido por el genio cartesiano. Los historiadores dieron a este periodo el nombre de la era de la Revolución Científica, comenzada con Nicolas Copérnico, quien era plenamente consciente de que la publicación de sus ideas ofendería la conciencia religiosa de su época y por ello no quiso exponerlas hasta 1543, año de su muerte, e incluso entonces presentó su visión heliocéntrica como una mera hipótesis pragmática.
Johannes Kepler. Este científico y místico trató de encontrar la armonía de las esferas mediante un estudio minucioso de las tablas astronómicas y logró formular sus famosas leyes empíricas sobre el movimiento planetario, que confirmaron posteriormente el sistema ideado por Copérnico. Pero el verdadero cambio en la esfera científica no se produjo hasta que Galileo Galilei, no comenzó a interesarse por la astronomía. Apuntando en dirección al cielo el recién inventado telescopio y aplicando su extraordinario don de observación a los fenómenos celestes, Galileo logró poner en duda la antigua cosmología y afirmar la validez científica de la hipótesis concebida por Copérnico.
La parte desempeñada por Galileo en la Revolución Científica va más allá de sus éxitos en el campo de la astronomía, debido a que fue el primero en utilizar la experimentación científica junto con un lenguaje matemático para formular las leyes naturales que descubrió y por ello se le considera el padre de la ciencia moderna. «La filosofía —afirmaba— está escrita en el gran libro que se abre ante nosotros, pero para entenderlo tenemos que aprender el lenguaje y descifrar los caracteres con los que está escrito. El lenguaje es la matemática y los caracteres son los triángulos, los círculos y las demás figuras geométricas».
Según Galileo, para que fuese posible describir la naturaleza matemáticamente, los científicos tenían que limitarse al estudio de las propiedades esenciales de los cuerpos materiales —formas, números y movimiento— que pudiesen ser medidas o contadas. Las restantes propiedades —el color, el sonido, el sabor o el olor— eran consideradas simplemente una proyección mental subjetiva que debía ser excluida del dominio de la ciencia. La estrategia de Galileo —dirigir el interés del científico a las propiedades cuantificables de la materia— ha tenido gran éxito en la ciencia moderna pero, por otro lado, también le ha infligido graves pérdidas, como nos recuerda el psiquiatra R.D. Laing: «Desaparece la vista, el oído, el sabor, el tacto y el olfato y junto con ellos se van también la estética y el sentido ético, los valores, la calidad y la forma, esto es, todos los sentimientos, los motivos, el alma, la conciencia y el espíritu. Las experiencias de esta índole han sido desterradas del reino del discurso científico».
Mientras, en Italia Galileo ideaba sus ingeniosos experimentos, en Inglaterra Francis Bacon exponía sus teorías sobre el método empírico. Bacon fue el primero en formular una teoría clara del procedimiento inductivo que consiste en extraer una conclusión de carácter general a partir de un experimento y luego confirmarla con otros experimentos. Bacon defendió sus planteamientos enérgicamente y llegó a tener una gran influencia en el pensamiento de su época; se enfrentó con audacia a las escuelas filosóficas tradicionales y desarrolló una verdadera pasión por la experimentación científica.
El «espíritu baconiano» modificó profundamente los objetivos y la naturaleza de la investigación científica. Desde la antigüedad, la ciencia había tenido como meta el conocimiento, la comprensión del orden natural y la vida en armonía con este orden. El hombre buscaba el conocimiento científico «para gloria de Dios» o, en la civilización china, «para seguir el orden natural» y «confluir en la corriente del Tao». Todos estos objetivos eran yin, o integradores; hoy diríamos que los científicos de aquella época tenían una postura básica ecológica. Pero en el siglo XVII esta actitud se transformó en su polo opuesto, pasando del yin al yang, de la integración a la autoafirmación. Con Bacon la ciencia comenzó a tener como fin un tipo de conocimiento que permitiera dominar y controlar la naturaleza, conocimientos que hoy se emplean junto con la tecnología para lograr objetivos que son profundamente antiecológicos.
Los términos que Bacon utilizaba para defender su nuevo método empírico no sólo eran apasionados sino que, a menudo, se podían tachar de atroces. En su opinión, la naturaleza tenía que ser «acosada en sus vagabundeos», «sometida y obligada a servir», «esclavizada»; había que «reprimirla con la fuerza» y la meta de un científico era «torturarla hasta arrancarle sus secretos».
El antiguo concepto de la tierra/madre se transformó radicalmente en la obra de Bacon y desapareció por completo cuando la Revolución Científica reemplazó la visión orgánica del mundo con la metáfora del mundo/máquina. Este cambio, que llegaría a tener una importancia abrumadora en la evolución posterior de la civilización occidental, fue iniciado y completado por dos grandes figuras del siglo XVII: René Descartes e Isaac Newton.
A Descartes se lo suele considerar el fundador de la filosofía moderna. Brillante matemático, sus ideas filosóficas fueron afectadas por la nueva física y la astronomía. Descartes rechazó los conceptos tradicionales y se propuso crear un sistema de pensamiento totalmente nuevo. En una carta que escribe a un amigo para explicarle su ambiciosa meta, Descartes parece haber tenido un presagio de esta intuición: «Y para no ocultarte nada sobre la naturaleza de mi obra, te diré que me gustaría dar al público... una ciencia completamente nueva que resolviese en términos generales todos los problemas de cantidad, sean éstos continuos o discontinuos». «Toda la ciencia —escribió— es sabiduría cierta evidente. Rechazamos todos los conocimientos que sólo son probables y establecemos que no debe darse asentimiento sino a los que son perfectamente conocidos y de los que no cabe dudar».
La filosofía cartesiana de la certeza científica absoluta es aún muy popular y se refleja en el cientifismo que caracteriza a nuestra civilización occidental. Muchos científicos y no científicos, están convencidos de que éste es el único método válido para entender el universo. El método del pensamiento cartesiano y su visión de la naturaleza han influido en todas las ramas de la ciencia moderna y pueden seguir utilizándose siempre y cuando se admitan sus limitaciones. Aceptar la visión de Descartes como la verdad absoluta y su método como una manera válida de lograr el conocimiento ha sido una de las principales causas del desequilibrio cultural.
La clave del método cartesiano se halla en la duda radical. Descartes pone en duda todo aquello de que sea posible dudar —toda la sabiduría tradicional, las impresiones de los sentidos y hasta el hecho de tener un cuerpo— hasta llegar a un punto sobre el cual no cabe albergar ninguna duda: su existencia como sujeto pensante. De ahí su famosa afirmación: «Cogito ergo sum» («Pienso, luego existo»). De este principio deduce que la esencia de la naturaleza humana se halla en el pensamiento y que todo aquello que sea percibido con gran claridad y distinción es absolutamente cierto. A este concepto tan claro y distinto —«un concepto de la mente pura y atenta»—, Descartes lo llama «intuición» y afirma que «el hombre, para llegar a un conocimiento absolutamente cierto de la verdad, sólo puede guiarse por la intuición evidente y la deducción necesaria». El conocimiento cierto, por consiguiente, sólo se obtiene mediante la intuición y la duda, los dos instrumentos utilizados por Descartes en una tentativa de reconstruir el edificio de la sabiduría sobre cimientos más firmes.
El método cartesiano es analítico, esto es, consiste en dividir los pensamientos y problemas en cuantas partes sea posible y luego disponerlos según un orden lógico. El método de razonamiento analítico quizá sea la principal contribución de Descartes a la ciencia. El racionalismo se ha convertido en una característica esencial del, pensamiento científico moderno y ha demostrado su utilidad en el desarrollo de teorías científicas y en la realización de proyectos tecnológicos extremadamente complejos. Gracias al método cartesiano, la NASA logró poner a un hombre en la luna. Por otro lado, la excesiva importancia dada al racionalismo es una de las causas que caracterizan tanto a nuestras ideas generales como a nuestras disciplinas académicas, además de propiciar la postura reduccionista tan difundida en el mundo.
El Cogito —nombre que hoy se da al método cartesiano— hizo que para él la razón fuese más cierta que la materia y le hizo llegar a la conclusión de que ambas cosas eran entes separados y básicamente distintos. Por consiguiente, afirmó que «el concepto de cuerpo no incluye nada que pertenezca a la mente y el de mente, nada que pertenezca al cuerpo». La distinción que Descartes hizo entre la mente y el cuerpo ha calado hondo en la civilización occidental. Nos ha enseñado a pensar en nosotros mismos como egos aislados «dentro» de nuestro cuerpo; nos ha hecho conceder más valor al trabajo intelectual que al manual; a las grandes industrias les ha permitido vender al público —especialmente al público femenino— productos que le darían el «cuerpo ideal»; a los médicos les ha impedido considerar las dimensiones psicológicas de las enfermedades y a los psicoanalistas ocuparse del cuerpo de sus pacientes. En las ciencias humanas, la distinción cartesiana ha provocado una infinita confusión sobre la relación que existe entre la mente y el cerebro; en física, ha hecho que los fundadores de la mecánica cuántica se enfrenten a enormes obstáculos en sus observaciones de los fenómenos atómicos. Según Heisenberg, que luchó contra este problema durante muchos años: «En los últimos tres siglos esta división ha ido penetrando profundamente en la mente humana, y pasará mucho tiempo antes de que pueda ser reemplazada con una postura verdaderamente diferente ante el problema de la realidad».
Según Descartes el universo material era una máquina y sólo una máquina. En la materia no había ni vida, ni metas, ni espiritualidad. La naturaleza funcionaba de acuerdo con unas leyes mecánicas, y todas las cosas del mundo material podían explicarse en términos de la disposición y del movimiento de sus partes. Esta imagen mecanicista de la naturaleza fue el paradigma que dominó la ciencia después de Descartes, marcando la pauta de las investigaciones científicas y sugiriendo la formulación de todas las teorías sobre los fenómenos naturales, hasta que la física del siglo XX efectuó un cambio radical.
El cambio drástico en la imagen de la naturaleza —de organismo a máquina— afectó profundamente la actitud de las personas hacia su entorno natural. La visión orgánica del mundo durante la Edad Media había sugerido un sistema de valores propicios a un comportamiento ecológico. En palabras de Carolyn Merchant:
La imagen de organismo vivo y de madre que se le daba a la tierra fue utilizada como obstáculo cultural para limitar las acciones de los seres humanos. No es nada fácil matar a la propia madre, hurgar en sus entrañas en búsqueda de oro o mutilar su cuerpo... Mientras se pensó en la tierra como algo vivo y sensible, podía considerarse como falta de ética del comportamiento humano el llevar a cabo actos destructivos en contra de ella.
Estos límites culturales desaparecieron con la mecanización de la ciencia. La concepción mecanicista del universo ideada por Descartes proporcionó la autorización «científica» para la manipulación y la explotación de los recursos naturales que se ha convertido en una constante de la cultura occidental. De hecho, Descartes compartía la opinión de Bacon en cuanto a que la meta de la ciencia era dominar y controlar la naturaleza y afirmaba que podía utilizarse el conocimiento científico para «convertirnos en los amos y dueños de la naturaleza».
En su tentativa de crear una ciencia natural completa, Descartes incluyó a los organismos vivos dentro de su visión mecanicista de la materia. Las plantas y los animales se consideraban simples máquinas; los seres humanos estaban habitados por un alma racional que se conectaba con el cuerpo mediante la glándula pineal, situada en el centro del cerebro. En cuanto al cuerpo humano, era imposible diferenciarlo de un animal/máquina. Descartes explicó detalladamente la manera de reducir los movimientos y las funciones biológicas del cuerpo a simples operaciones mecánicas, a fin de demostrar que los organismos vivos eran meros autómatas. Inevitablemente, estableció una comparación entre sus creaciones y el funcionamiento de los organismos vivos: «Vemos que los relojes, las fuentes artificiales, los molinos y otras máquinas semejantes, a pesar de haber sido creadas por el hombre, tienen la facultad de moverse por sí mismas de diferentes maneras... No reconozco ninguna diferencia entre las máquinas de los artesanos y los diferentes cuerpos creados por la naturaleza».
Esta, pues, es la «maravillosa ciencia» de Descartes. Utilizando un método de pensamiento analítico creado por él, trató de explicar con precisión todos los fenómenos naturales por un sistema único de principios mecánicos. De este modo pensaba lograr una ciencia a exacta cuyos conceptos fueran de una certeza matemática absoluta. Por supuesto, Descartes no logró llevar a cabo su ambicioso proyecto y él mismo reconoció que no había podido llevar a término su filosofía científica. A pesar de ello, el método de razonamiento y el esquema general de la teoría sobre los fenómenos naturales han determinado el pensamiento científico de Occidente durante tres siglos.
El hombre que realizó el sueño cartesiano completó la Revolución Científica fue Isaac Newton. Nacido en Inglaterra en 1642, Newton desarrolla toda una fórmula matemática del concepto mecanicista de la naturaleza y con ella sintetizó magníficamente las obras de Copérnico y de Kepler, y también las de Bacon, Galileo y Descartes. La física newtoniana, logro supremo de la ciencia del siglo XVII, estableció una teoría matemática del mundo que se convirtió en la base del pensamiento científico hasta mediados del siglo XX. Newton tenía una comprensión de las matemáticas muy superior a la de cualquiera de sus contemporáneos. Inventó el cálculo diferencial, un método totalmente nuevo para describir el movimiento de los cuerpos sólidos que iba mucho más allá de las técnicas matemáticas de Galileo y de Descartes. Este tremendo logro intelectual fue elogiado por Einstein con estas palabras: «Quizá este sea el mayor avance en el campo intelectual que un solo individuo haya tenido el privilegio de hacer».
Kepler había deducido las leyes empíricas del movimiento planetario mediante el estudio de las tablas astronómicas, y Galileo había realizado ingeniosos experimentos para descubrir las leyes de la caída de los cuerpos. Newton aunó los descubrimientos de sus predecesores, formulando las leyes generales del movimiento que rigen todos los objetos del sistema solar, desde las piedras hasta los planetas.
Según la leyenda, Newton tuvo la revelación decisiva de su ciencia un día que, sentado bajo un árbol, vio caer una manzana. Le sobrevino una ráfaga de inspiración y comprendió que la manzana estaba siendo atraída hacia la tierra por la misma fuerza que atraía los planetas hacia el sol; de esta manera encontró la clave de su genial síntesis. Después utilizó su nuevo método matemático para formular las leyes exactas del movimiento para todos los cuerpos en los que influyen la fuerza de gravedad. La importancia de estas leyes se basa en su aplicación universal. Por el hecho de ser válidas para todo el sistema solar parecían confirmar la visión cartesiana de la naturaleza. El universo newtoniano era, en efecto, un enorme sistema mecánico regido por leyes matemáticas exactas.
Anteriormente a Newton existían dos tendencias opuestas en la ciencia del siglo XVII: el método empírico e inductivo propuesto por Bacon y el método racional y deductivo representado por Descartes. En sus Principia, Newton expuso la manera justa de combinar ambos métodos, haciendo hincapié en el hecho de que era imposible llegar a una teoría cierta mediante experimentos desprovistos de una interpretación sistemática ni por medio de unos principios básicos confirmados por la experimentación. Superando a Bacon en la experimentación sistemática y a Descartes en el análisis matemático Newton combinó las dos tendencias en una sola y desarrolló la metodología que ha sido la base de las ciencias naturales desde entonces.
Las partículas de materia son los elementos del mundo newtoniano que se mueven dentro de ese espacio absoluto y en este tiempo absoluto. Toda la materia estaba formada por estos objetos pequeños, sólidos e indestructibles. La teoría de Newton era corpuscular y se diferenciaba del atomismo actual en que los átomos, según Newton, estaban todos hechos de la misma materia. En su opinión, la materia era homogénea y la diferencia entre los tipos de materia era el resultado de la agrupación más o menos densa de los átomos y no de los diferentes pesos o densidades de éstos. Los componentes básicos de la materia podían tener diferentes tamaños pero estaban hechos del mismo «material», y la masa de un objeto dependía de la cantidad total de sustancia material contenida en él.
El movimiento de las partículas era engendrado por la fuerza de gravedad, la cual —en opinión de Newton— actuaba instantáneamente a distancia. Las partículas de materia y las fuerzas existentes entre ellas eran por naturaleza básicamente diferentes y la constitución interna de las partículas era independiente de su interrelación. Newton creía que tanto las partículas como la fuerza de gravedad eran de origen divino y, por consiguiente, no estaban sujetas a un análisis más profundo. En su Óptica, Newton expuso claramente la imagen que él tenía de la creación del mundo material.
Me parece probable que Dios, en el comienzo, creó partículas de materia, sólidas, macizas, duras, impenetrables y móviles, de diversos tamaños y formas, con diferentes propiedades y en distintas proporciones al espacio, como mejor conviniese al objetivo para el que las formó. Y creo que, al ser cuerpos sólidos, estas partículas primitivas son incomparablemente más duras que cualquier cuerpo poroso formado de varias de ellas; su dureza es tal que nunca se desgastan ni se rompen en pedazos; y ninguna fuerza corriente puede dividir lo que Dios unió en los albores de la creación.
En la mecánica newtoniana todos los fenómenos físicos se reducen al movimiento de partículas de materia provocado por su atracción mutua, esto es, por la fuerza de gravedad. Los efectos de esta fuerza en una partícula o en cualquier objeto material están descritos matemáticamente en las ecuaciones newtonianas de movimiento, que forman la base de la mecánica clásica.
Todos los fenómenos tenían una causa y un efecto determinado, y se podía predecir con absoluta certeza —en principio— el futuro de cualquier parte del sistema si se sabía con todo detalle el estado en el que se hallaba en un momento determinado.
Esta imagen de un mundo mecánico perfecto suponía la existencia de un creador externo, un dios monárquico que gobernaba el mundo desde las alturas y le imponía su ley divina. Los fenómenos físicos en sí no eran considerados divinos en ningún sentido y, cuando el desarrollo de la ciencia hizo cada vez más difícil creer en aquel dios, lo divino desapareció por completo de la visión científica del mundo, dejando el vacío espiritual que se ha vuelto una característica de nuestra época. La base filosófica de esta secularización de la naturaleza se halla en la distinción entre espíritu y materia realizada por Descartes. A consecuencia de esta idea, el mundo comenzó a ser considerado un sistema mecánico que podía describirse objetivamente sin tomar en cuenta al observador humano, y esta descripción objetiva de la naturaleza se tornó el ideal de todas las ciencias.
Alentados por el gran éxito de la mecánica newtoniana en la astronomía, los físicos la aplicaron al movimiento continuo de los cuerpos líquidos y a las vibraciones de los cuerpos elásticos, y funcionó una vez más. Por último, hasta la teoría del calor pudo ser reducida a la visión mecanicista, al descubrirse que el calor era la energía generada por un complicado movimiento y roce de los átomos y las moléculas. Asimismo, muchos fenómenos térmicos como la evaporación de los líquidos o la temperatura y presión de los gases, podían entenderse perfectamente desde un punto de vista puramente mecánico.
Para los científicos de los siglos XVIII y XIX, el tremendo éxito del modelo mecanicista corroboraba la teoría según la cual el universo era verdaderamente un enorme sistema mecánico que funcionaba de acuerdo con las leyes de movimiento newtonianas y la mecánica de Newton era la teoría fundamental de los fenómenos naturales.
Si bien en el siglo XIX el estudio de las propiedades de los átomos fue llevado a cabo por químicos y no por físicos, la física clásica se basaba en la idea newtoniana del átomo, que lo concebía como bloques sólidos de materia. Indudablemente, esta imagen contribuyó a crear la reputación de la física como «ciencia dura» y al desarrollo de la «tecnología dura» basada en ella. El éxito estrepitoso de la física newtoniana y la doctrina cartesiana sobre la certeza del conocimiento científico fueron las causas directas del excesivo énfasis que nuestra cultura pone en la ciencia dura y en la tecnología dura. Hasta mediados del siglo XX no se comenzó a ver claramente que la idea de la ciencia dura era parte del paradigma cartesiano-newtoniano.
Si el mundo es verdaderamente una máquina, la mejor manera de descubrir cómo funciona es por medio de la mecánica newtoniana. Por esta razón, una consecuencia inevitable de la visión cartesiana del mundo fue el hecho de que las ciencias del siglo XVIII y XIX siguieran la línea de la física newtoniana. De hecho, Descartes se dio cuenta perfectamente de la importancia básica de la física en su visión del mundo: «Toda la filosofía —escribió— es como un árbol. Sus raíces son la metafísica; su tronco, física; y sus ramas, todas las demás ciencias».
Descartes, había trazado el esquema de un enfoque mecanicista de la física, la astronomía, la biología, la psicología y la medicina. Los pensadores del siglo XVIII fueron mucho más lejos aplicando los principios de la mecánica newtoniana a las ciencias de la naturaleza y de la sociedad humana. Las ciencias sociales recién creadas despertaron gran entusiasmo y muchos de sus defensores llegaron a afirmar que habían descubierto una «física social».
Durante el siglo XIX los científicos siguieron elaborando el modelo mecanicista del universo en todos los campos: física, química, biología, psicología y ciencias sociales. Como consecuencia de ello, la máquina newtoniana del mundo se tornó una estructura mucho más compleja y sutil. Al mismo tiempo, nuevos descubrimientos y nuevos modos de pensar sacaron a la luz las limitaciones del modelo newtoniano y prepararon el terreno para las revoluciones científicas del siglo XX.
En la medida en que el electromagnetismo destronó a la mecánica newtoniana como teoría de mayor validez sobre los fenómenos naturales, surgió una nueva corriente de pensamiento que iba más allá de la imagen del mundo/máquina newtoniana y que llegaría a dominar no sólo las ideas del siglo XIX, sino también todo el pensamiento científico posterior: la evolución, es decir, la idea de cambio, crecimiento y desarrollo. La noción de evolución había surgido por primera vez en geología.
Desde la antigüedad, los filósofos habían acariciado la idea de «una gran cadena del ser» en la naturaleza. Esta cadena, sin embargo, se concebía como una jerarquía estática, que comenzaba con Dios y seguía descendiendo a los ángeles, los seres humanos y los animales, terminando en las formas inferiores de vida. El número de las especies era fijo; no había cambiado desde el día de la Creación. En palabras de Linneo, el gran botánico y clasificador: «Reconocemos tantas especies como salieron en pares de las manos del Creador». Esta visión de las especies biológicas concordaba perfectamente con la doctrina judeo-cristiana y se acomodaba muy bien al mundo newtoniano.
Lamarck fue el primero que propuso una teoría coherente de la evolución, según la cual todos los seres vivientes habían evolucionado de ciertas formas de vida anteriores, mucho más simples, debido a la presión del entorno. A pesar de que los detalles de la teoría de Lamarck fueron superados posteriormente, su obra tiene el valor de haber sido un primer paso en el camino correcto.
El descubrimiento de la evolución biológica obligó a los científicos a abandonar el concepto cartesiano de la máquina del mundo que había surgido perfectamente completo de las manos de su Creador. En su lugar, el universo hubo de ser concebido como un sistema en evolución y en permanente movimiento, en el cual las estructuras complejas se habían desarrollado de las formas más simples. Mientras este concepto nuevo se perfeccionaba en la biología, se comenzaron a vislumbrar en la física ideas similares. A pesar de ello, mientras que en biología la evolución significaba un movimiento hacia un orden y una complejidad superior, en física se trataba exactamente de lo contrario, esto es, de un movimiento hacia un desorden creciente.
Aplicando la mecánica newtoniana al estudio de los fenómenos térmicos, lo cual suponía el tratar los líquidos y los gases como sistemas mecánicos complicados, los físicos llegaron a la fórmula de la termodinámica, la «ciencia de la complejidad».
A finales del siglo XIX la mecánica newtoniana había perdido su papel como la teoría fundamental de los fenómenos naturales. La electrodinámica de Maxwell y la teoría de la evolución de Darwin suponían una serie de conceptos que iban mucho más allá del modelo newtoniano y revelaban que el universo era mucho más complejo de lo que Descartes y Newton habían creído. A pesar de todo, las ideas básicas de la física newtoniana, si bien insuficientes para explicar todos los fenómenos naturales, siguieron considerándose correctas. En las primeras tres décadas de nuestro siglo la situación cambió radicalmente. Dos desarrollos de la física, que culminaron en la teoría de la relatividad y en la cuántica, echaron por tierra los principales conceptos de la visión cartesiana y de la mecánica newtoniana. La noción de espacio y tiempo absolutos, las partículas sólidas elementales, la sustancia de materia fundamental, la naturaleza estrictamente causal de los fenómenos físicos y la descripción objetiva de la naturaleza eran conceptos inaplicables en los nuevos campos en los que la física comenzó a adentrarse.
La Nueva Física
El desarrollo de la física moderna comienza con la extraordinaria proeza intelectual de un hombre: Albert Einstein. En 1905, Einstein publicó dos artículos que dieron pie a dos tendencias revolucionarias en el pensamiento científico. En el primero exponía la teoría general de la relatividad, y el segundo, que trataba de una nueva manera de concebir la radiación electromagnética, contenía las principales características de la teoría cuántica o teoría de los fenómenos atómicos.
Einstein creía firmemente en la armonía intrínseca o individual de la naturaleza, intentó elaborar una teoría unificada de los principios básicos de la física. Con miras a ello, comenzó por dar una estructura común a dos teorías de la física clásica: la electrodinámica y la mecánica. Esta estructura se conoce por el nombre de teoría especial de la relatividad. La teoría de Einstein unifica y completa el esquema de la física clásica y, al mismo tiempo, supone un cambio radical de los conceptos tradicionales de tiempo y espacio y por ello socava los cimientos de la visión newtoniana del mundo. Diez años después, Einstein propuso la teoría general de la relatividad, en la que el esquema de la anterior se extendía a las leyes de la gravitación.
Otro desarrollo significativo de la física en el siglo XX, donde los físicos descubrieron varios fenómenos relacionados con la estructura de los átomos —entre ellos, los rayos X y la radiactividad— que no podían explicarse en términos de física clásica. Además de estudiar estos fenómenos, los físicos supieron servirse de ellos con gran habilidad para adentrarse en varias cuestiones que, sin la ayuda de estos instrumentos, nunca habría sido posible explorar. Descubrieron, por ejemplo, que las partículas llamadas «alfa», producidas por las substancias radiactivas, eran velocísimos proyectiles de dimensiones subatómicas que podían ser utilizados para explorar el interior de un átomo: cuando se las proyectaba sobre ese átomo, estas partículas se desviaban y, a partir de la manera en que lo hacían, se podían sacar conclusiones sobre la estructura atómica.
A través de la exploración del mundo atómico y subatómico, los científicos entraron en contacto con una realidad misteriosa e inesperada que socavaba los cimientos de su visión del mundo y los obligaba a pensar de manera totalmente diferente. Jamás había ocurrido nada igual en la historia de la ciencia. En el siglo XX, los físicos se enfrentaron por vez primera con un serio desafío a su capacidad de comprender el universo. Cada vez que, en un experimento atómico, le preguntaban algo a la naturaleza, ésta les respondía con una paradoja, y cuanto más trataban de esclarecer la situación, más grande se hacía la paradoja. En su afán por entender aquella nueva realidad, los científicos fueron llegando a la conclusión de que todos sus conceptos básicos, toda su terminología y toda su manera de pensar eran insuficientes para descubrir los fenómenos atómicos. No se trataba de un problema exclusivamente intelectual, sino de una experiencia existencial y emotiva de gran intensidad, como la describe Werner Heisenberg: «Recuerdo que, con Bohr, solíamos discutir durante horas, hasta altas horas de la noche, y casi siempre acabábamos descorazonados. Y cuando, al terminar la discusión, me iba a dar un paseo por un parque próximo me repetía a mí mismo una y otra vez: ¿Es posible que la naturaleza sea tan absurda como nos lo parece en estos experimentos atómicos?
Los físicos tardaron mucho tiempo en admitir el hecho de que las paradojas que encontraban eran un aspecto esencial de la física atómica. En palabras de Heisenberg, «en cierto modo lograron penetrar en el espíritu de la física cuántica», encontrando finalmente una fórmula matemática precisa y sólida para su teoría. La teoría cuántica, conocida también por el nombre de mecánica cuántica, fue formulada entre 1900 y 1930 por un grupo internacional de físicos entre los que se hallaban Max Planck, Albert Einstein, Niels Bohr, Louis de Broglie, Erwin Schriklinger, Wolfgang Pauli, Werner Heisenberg y Paul Dirac. Atravesando las fronteras de sus respectivos países, estos hombres aunaron esfuerzos para crear uno de los períodos más apasionantes de la ciencia moderna, en el cual no sólo se asistió a un brillante intercambio de ideas sino también a una serie de conflictos dramáticos —así como de profundas amistades— entre los científicos.
La nueva física exigía una profunda modificación de los conceptos fundamentales a través de los cuales se experimenta el mundo —espacio, tiempo, materia, objeto, causa y efecto— y por ello la transformación suponía un choque violento. Una vez más, en palabras de Heisenberg: «La violenta reacción ante el reciente desarrollo de la física moderna sólo podrá entenderse cuando nos demos cuenta de que fue aquí donde los cimientos o principios de la física comenzaron a vacilar; y este movimiento nos hizo sentir que todo el edificio de la ciencia iba a venirse abajo».
De los cambios revolucionarios que la física provocó en nuestros conceptos de la realidad hoy comienza a surgir una visión sólida del mundo. Esta visión no la comparte toda la comunidad científica, pero su interés en el campo va más allá de los aspectos técnicos de la investigación. Estos científicos están muy interesados en las repercusiones filosóficas de la física moderna y están tratando de mejorar su comprensión de la naturaleza de la realidad, dejando de lado toda idea preconcebida.
La perspectiva cartesiana del mundo es mecanicista; en cambio, la visión del mundo que emerge de la física moderna se caracteriza por ser orgánica, holística y ecológica. Se puede llamar una visión de sistemas, en el sentido de teoría general de sistemas. El mundo ya no puede percibirse como una máquina formada por una gran cantidad de objetos, sino que ha de concebirse como una unidad indivisible o inseparable y dinámica cuyos elementos están estrechamente vinculados y pueden comprenderse sólo como modelos de un proceso cósmico.
Cabe destacar que en El Tao de la Física (Capra), se presenta una descripción detallada de la visión antes expuesta, demostrando su relación con la filosofía de las tradiciones místicas, especialmente con el misticismo oriental. Muchos físicos, educados en un sistema que asocia la idea de misticismo a cosas vagas, misteriosas y nada científicas, se escandalizaron cuando se compararon sus ideas a las de los místicos. Afortunadamente esta actitud está cambiando. Muchísimas personas han comenzado a interesarse en las filosofías orientales; la meditación ya no se considera algo ridículo o sospechoso, y el misticismo comienza a tomarse en serio incluso dentro de la comunidad científica. Cada día aumenta el número de científicos para quienes el pensamiento místico proporciona una estructura sólida y pertinente a las teorías de la ciencia contemporánea, una concepción del mundo en la que los descubrimientos científicos están en armonía con las metas espirituales y las creencias religiosas de la humanidad.
La investigación experimental atómica de comienzos de siglo obtuvo resultados sensacionales y totalmente inesperados. Se descubrió que los átomos distaban mucho de ser las partículas duras y sólidas de la teoría consagrada; por el contrario, consistían en vastos espacios y un núcleo alrededor del cual se movían unas partículas extremadamente pequeñas: los electrones. Unos años más tarde, la teoría cuántica demostró claramente que incluso las partículas subatómicas —los electrones, los protones y los neutrones situados en el núcleo—no tenían ninguna semejanza con los objetos sólidos descritos por la física clásica. Estas unidades de materia subatómica son entidades duales muy abstractas: según como se las vea, unas veces aparecen como partículas, y otras, como ondas. Esta naturaleza dual también está presente en la luz, que puede tomar la forma de ondas electro-magnéticas o de partículas. Einstein fue el primero en llamar «cuantos» —de ahí el origen del término «teoría cuántica»— a las partículas de luz, hoy conocidas por el nombre de fotones.
La naturaleza dual de la materia y de la luz es muy misteriosa. Sin embargo, los físicos tuvieron que aceptar que la situación parecía irremediablemente paradójica hasta que se dieron cuenta de que los términos «partícula» y «onda» se referían a dos conceptos clásicos que jamás podrían describir completamente los fenómenos atómicos. Un electrón no es una partícula ni una onda, si bien unas veces tiene aspectos similares a los de una partícula y otras, a los de una onda. Mientras actúa como partícula, puede desarrollar su naturaleza ondulante a expensas de su naturaleza corpuscular y viceversa. Por consiguiente, la partícula se transforma continuamente en onda, y la onda, en partícula. Esto significa que ni los electrones, ni ningún otro «objeto» atómico tienen propiedades que sean independientes de su entorno. Las propiedades que sí tienen —sean éstas ondulantes o corpusculares— dependerán de la situación experimental, esto es, del sistema con el que se vean obligadas a entablar una relación recíproca.
A fin de facilitar la comprensión de la relación existente entre pares de conceptos clásicos, Niels Bohr introdujo la idea de complementariedad. Bohr concibió las imágenes de la onda y la partícula como dos descripciones complementarias de la misma realidad; por tanto, sólo parcialmente correctas y con un campo de aplicaciones limitado. La noción de complementariedad se ha convertido en parte esencial del concepto de la naturaleza sostenido por los físicos, y Bohr sugirió repetidas veces que tal vez esta noción podría resultar útil fuera del campo de la física. En el estudio sobre la terminología china del yin/yang se ha empleado mucho la noción de polaridad, pues los contrarios yin y yang están relacionados de manera complementaria o polarizada.
Para resolver la paradoja de la onda/partícula, los físicos no tuvieron más remedio que aceptar un aspecto de la realidad que ponía en duda la base misma de la visión mecanicista: el concepto de la realidad de la materia. A nivel subatómico, la materia no existe con certeza en un lugar definido, sino que muestra una «tendencia a existir»; los acontecimientos atómicos no ocurren con certeza en un momento definido y de manera definida, sino que muestran una «tendencia a ocurrir». En el formalismo de la mecánica cuántica estas tendencias se expresan como probabilidades y se relacionan con cantidades que toman la forma de ondas. Por este motivo, una partícula puede conservar su naturaleza de partícula y, al mismo tiempo, ser una onda. Todas las leyes de la física atómica se expresan en términos de probabilidades. Nunca se puede predecir con seguridad un acontecimiento atómico: solamente se puede predecir la probabilidad de que ocurra.
El descubrimiento del aspecto dual de la materia y del papel fundamental de la probabilidad destruyó la idea clásica del objeto sólido. A nivel subatómico, los objetos de materia sólida de la física clásica se dispersan en formas ondulatorias de probabilidades. El proceso de observación de la física atómica se llega a la conclusión de que las partículas subatómicas no tienen ningún significado como entidades aisladas sino como correlaciones o conexiones entre varios procesos de observación y medida. Sobre este tema Niels Bohr escribió: «las partículas de materia aisladas son abstracciones; la única manera en que podemos definir y observar sus propiedades es a través de la interacción que establecen con otros sistemas».
Es así como la física moderna revela la unidad básica del universo, demostrando la imposibilidad de dividir el mundo en partes aisladas independientes. Como la materia, la naturaleza no está formada de componentes básicos aislados; se trata, por el contrario, de una compleja red de relaciones entre las diferentes partes de un conjunto unificado. Heisenberg lo describe: «El mundo parece un complicado tejido de acontecimientos en el que toda suerte de conexiones se alternan, se superponen o se combinan y de ese modo determinan la textura del conjunto».
Así pues, el universo es un conjunto unificado que, hasta cierto punto, puede dividirse en partes aisladas, en objetos formados de moléculas y átomos que, a su vez, están compuestos de partículas. Y es aquí, al llegar a las partículas, donde la noción de la división en partes se derrumba. Las partículas subatómicas «y, por consiguiente, todas las partes del universo» no pueden concebirse como entidades aisladas y han de definirse a través de sus correlaciones, Según Henry Stapp, profesor de la Universidad California: «una partícula elemental no es una entidad imposible de analizar que exista independientemente; una partícula es, esencialmente, una serie de relaciones que se proyectan hacia otras situadas en su exterior».
En la teoría cuántica, el hecho de que los fenómenos atómicos sean determinados por sus correlaciones dentro del conjunto está estrechamente vinculado al papel fundamental desempeñado por probabilidad. La física clásica utiliza la probabilidad cuando conoce los detalles mecánicos de un acontecimiento. Por ejemplo cuando tiramos un par de dados, podríamos «en principio» predecir el resultado si supiéramos todos los detalles implicados en el proceso de la composición exacta de los dados, la superficie sobre la que ruedas etc. Estos detalles se llaman variables limitadas, pues están incluidos dentro de los mismos objetos.
Así pues, tanto la física clásica como la cuántica utilizan el concepto de probabilidad por razones parecidas. En ambos casos hay una serie de variables «ocultas» que nos impiden realizar pronósticos exactos. Sin embargo, hay una diferencia crucial: mientras que las variables ocultas de la física clásica representan mecanismos limitados, las variables de la física cuántica no son limitadas, sino que se conectan instantáneamente con el conjunto del universo. Cuando se trata de dimensiones pequeñas, la influencia de las conexiones ilimitadas se vuelve más fuerte: en este caso, las leyes de la física sólo pueden formularse en términos de probabilidades, y se hace cada vez más difícil separar de la unidad cualquier parte del universo.
Einstein creía firmemente en una realidad exterior formada de elementos independientes aislados en el espacio, y en ello radica la esencia de su desacuerdo con Bohr. Por este motivo, la filosofía de Einstein era esencialmente cartesiana. Si bien es cierto que sus teorías iniciaron la revolución científica del siglo XX y que su teoría de la relatividad fue mucho más lejos que la de Newton.
Según Einstein, puesto que ninguna señal puede viajar más rápido que la velocidad de la luz, es imposible que la medida tomada en una partícula determine instantáneamente el sentido de otra partícula situada a miles de kilómetros de distancia. Según Bohr, el sistema de dos partículas es una unidad indivisible, aun cuando éstas estén separadas por una distancia enorme; es imposible analizar el sistema en términos de partes independientes. En otras palabras, no se puede aplicar la visión cartesiana de la realidad a un sistema de dos electrones que, aunque separados en el espacio, siguen estando enlazados por una serie de conexiones instantáneas e ilimitadas. Estas conexiones no son señales en el sentido einsteiniano, sino que trascienden a nuestras nociones convencionales sobre la transferencia de información.
La importancia de las conexiones ilimitadas y de la probabilidad en el campo de la física atómica supone una nueva noción de causalidad que probablemente tenga profundas repercusiones en todas las ramas de la ciencia. La ciencia clásica se forjó a través del método cartesiano que analiza el mundo reduciéndolo a sus partes constitutivas y disponiendo estas partes de acuerdo con ciertas leyes causales. La imagen determinista del universo que de ello resulta está estrechamente vinculada a la imagen de la naturaleza que funciona como un reloj. En física atómica resulta imposible concebir esta imagen mecánica y determinista. La teoría cuántica nos ha enseñado que el mundo no puede analizarse a partir de una serie de elementos aislados que existen de manera independiente. La noción de partes separadas —sean éstas átomos o partículas subatómicas— es una idealización que tiene sólo un valor aproximativo; dichas partes no están conectadas por leyes causales en el sentido clásico.
Las leyes de la física atómica son leyes estadísticas según las cuales las probabilidades de que ocurran ciertos fenómenos atómicos están determinadas por la dinámica de todo el sistema. Mientras que, en la mecánica clásica, las propiedades y el comportamiento de las partes determinan los del, todo, en la mecánica cuántica, la situación es exactamente la contraria: es el todo lo que determina el comportamiento de las partes.
Los conceptos de no limitación y de causalidad estadística implican claramente que la estructura de la materia no es mecánica. De ahí que el término «mecánica cuántica» sea inadecuado para describir esta ciencia, como ha indicado David Bohm. Bohm enunció varias hipótesis interesantes sobre el paralelismo existente entre los procesos cuánticos y los procesos del pensamiento, añadiendo varios conceptos a la famosa declaración que James Jeans había hecho dos décadas antes: «Hoy existe un acuerdo bastante amplio en que corriente del conocimiento se está dirigiendo hacia una realidad no mecánica. El universo comienza a parecer un gran pensamiento en vez de una gran máquina».
La evidente similitud que se observa entre la estructura de la materia y la estructura de la mente no tiene por qué resultar sorprendente, pues la conciencia humana tiene una gran importancia en el proceso de observación y, en el campo de la física atómica, determina en gran medida las propiedades de los fenómenos observados. Esta es otra de las ideas expuestas por la mecánica cuántica, que probablemente llegue a tener consecuencias trascendentales. En física atómica, los fenómenos observados sólo pueden concebirse como correlaciones entre varios procesos de observación y de medición, y al final de esta cadena de procesos siempre se halla la conciencia del observador humano. El aspecto crucial de la teoría cuántica es que el observador no sólo es necesario para observar las propiedades de los fenómenos atómicos, sino también para provocar la aparición de estas propiedades. Por ejemplo, la decisión consciente sobre la manera de observar un electrón determinará hasta cierto punto las propiedades de este electrón. Si le hago una pregunta considerándolo como partícula, me responderá como partícula; si, en cambio, le hago una pregunta considerándolo una onda, me responderá como onda. El electrón no tiene propiedades objetivas que no dependan de mi mente. En física atómica es imposible mantener la distinción cartesiana entre la mente y la materia, entre el observador y lo observado. No se puede hablar de la naturaleza sin hablar, al mismo tiempo, sobre uno mismo.
Los modelos que los científicos observan en la naturaleza están íntimamente vinculados a los procesos de sus mentes, a sus conceptos, pensamientos y valores. Así pues, los científicos que obtienen y las aplicaciones tecnológicas que investiguen siempre estarán condicionados por su estado de ánimo. Si bien es cierto que las detalladas investigaciones que realizan no dependen explícitamente de su sistema de valores, el paradigma dentro del cual éstas se llevan a cabo jamás estará libre de valores. Por tanto, los científicos no sólo tienen una responsabilidad intelectual por sus investigaciones, sino también una responsabilidad moral. Este punto se ha vuelto muy importante en muchas de las ciencias actuales, especialmente en la física, donde los resultados de la mecánica cuántica y de la teoría de la relatividad han abierto dos caminos muy distintos. Los físicos tenemos que escoger —poniéndolo en términos extremos— entre Buda o la Bomba, y a cada uno de nosotros le toca decidir qué camino tomar.
El hecho de que las partículas no sean entidades aisladas, sino modelos ondulatorios de probabilidades, significa que se comportan de manera muy peculiar. Cuando una partícula subatómica está confinada en una pequeña región del espacio, reacciona ante el confinamiento moviéndose continuamente. Cuanto más pequeño sea el espacio en el que se halla confinada, más rápidos serán los movimientos de la partícula. La tendencia de las partículas a reaccionar con el movimiento ante una limitación que se les impone implica una «inquietud» fundamental de la materia que es una característica del mundo subatómico. En este mundo, la mayoría de las partículas de materia están confinadas, ligadas a estructuras atómicas, moleculares y nucleares y, por consiguiente, no están en reposo, sino que, por el contrario, denotan una tendencia intrínseca a moverse. Según la teoría cuántica, la materia siempre es inquieta, nunca está en reposo, hasta el punto de que los objetos pueden ser concebidos como un conjunto de componentes más pequeños —moléculas, átomos y partículas— que permanecen en un estado de movimiento continuo. Desde el punto de vista macroscópico, los objetos materiales que nos rodean pueden parecer pasivos o inertes; pero cuando observamos una piedra «muerta» o un metal «muerto» con la ayuda de instrumentos ampliadores, constatamos que está lleno de actividad.
Así pues, para la física moderna, la materia no es algo pasivo e inerte, sino algo que se mueve continuamente, danzando y vibrando, cuyos modelos rítmicos los determina la configuración de sus moléculas, de sus átomos y de su núcleo. Se llega a la conclusión de que no existen estructuras estáticas en la naturaleza. Existe una estabilidad, y esta estabilidad es el resultado de un equilibrio dinámico. Cuanto más nos adentramos en la materia, mayor necesidad tenemos de entender su naturaleza dinámica para poder comprender sus modelos.
La teoría de la relatividad de Einstein ha modificado drásticamente nuestro concepto del tiempo y del espacio. Nos ha obligado a abandonar la idea de un espacio absoluto que sirve de escenario a los fenómenos físicos y la de un tiempo absoluto como una dimensión aislada del espacio. Según la teoría de Einstein, el espacio y el tiempo son conceptos relativos y desempeñan un papel subjetivo como elementos del lenguaje que el observador utiliza para describir los fenómenos de la naturaleza. A fin de proporcionar una descripción exacta de los fenómenos que ocurren a una velocidad próxima a la velocidad de la luz, se ha de usar una estructura «relativista» que incorpore el tiempo a las tres coordenadas espaciales, convirtiéndolo, en una cuarta coordenada que ha de determinarse en relación con el observador. En una estructura tal, espacio y tiempo están vinculados, íntimamente y de forma inseparable y constituyen una magnitud continua cuadridimensional llamada «espacio-tiempo». En la física relativista nunca se puede hablar del espacio sin hablar del tiempo; y viceversa.
La teoría de la relatividad enseña la misma lección que la mecánica cuántica; demuestra que las ideas sobre la realidad se limitan a la experiencia cotidiana que existe en el mundo físico y que hay que abandonar si se quiere ampliar las experiencias.
Los conceptos de tiempo y espacio son tan básicos para nuestra descripción de los fenómenos naturales que el hecho de que la teoría de la relatividad los modificase radicalmente supuso una modificación de toda la estructura que la física utilizaba para describir la naturaleza. La consecuencia más importante de la nueva estructura relativista, fue el descubrimiento de que la masa no es más que una forma de energía. Hasta un objeto en reposo almacena energía en su masa, y la relación entre ambas se obtiene mediante la famosa ecuación einsteineana E = m c2, siendo c la velocidad de la luz.
Cuando se la ve como una forma de energía, ya no se requiere que la masa sea indestructible, sino que tenga la posibilidad de transformarse en otras formas de energía.
Hoy se sabe que tanto la energía como la materia tienen un origen común en los modelos dinámicos que llamamos partículas. Los modelos energéticos del mundo subatómico forman las estructuras estables de los núcleos, átomos y moléculas que constituyen la materia, dándole un aspecto macroscópico y sólido que crea la ilusión de que están hechos de alguna substancia material. A nivel macroscópico esta noción de substancia puede resultar útil como aproximación al concepto, pero a nivel atómico ya no tiene sentido. Los átomos se componen de partículas y estas partículas no están hechas de materia. Cuando las observamos no podemos comprobar la existencia de substancia alguna, sino de unos modelos dinámicos en continua transformación: la danza continua de la energía.
Así pues, las dos teorías básicas de la física moderna han trascendido los principales aspectos de la visión cartesiana del mundo y de la física newtoniana. La teoría cuántica ha demostrado que las partículas subatómicas no son corpúsculos aislados de materia, sino modelos de probabilidades, conexiones de una red cósmica indivisible que incluye al observador humano y su conciencia. La teoría de la relatividad ha dado vida —por decirlo así— a la red cósmica, al, revelar su naturaleza intrínsecamente dinámica y al demostrar que, su actividad es la esencia misma de su existencia. La física moderna ha reemplazado la imagen mecánica del universo por la de una unidad individual y dinámica cuyas partes constitutivas están vinculadas en su esencia y que puede concebirse sólo como modelo de un proceso cósmico. A nivel subatómico, las correlaciones y las interacciones de las partes de la unidad son más importantes que las partes mismas. Hay movimiento, pero no hay, en el fondo, objetos que se muevan; hay actividad, pero no hay actores; no existen danzantes, sólo existe la danza.
Las investigaciones de la física actual tienen como objeto forjar una teoría general de las partículas subatómicas que sintetice la mecánica cuántica y la teoría de la relatividad. En la actualidad, existen dos teorías «cuántico-relativistas» de la física de las partículas que han tenido éxito aplicadas a distintos campos. La primera es un grupo de teorías del campo cuántico que se aplican a las interacciones electromagnéticas y débiles. En la segunda, se trata de la llamada teoría de la matriz S, que se ha utilizado con éxito para describir interacciones intensas.
La base filosófica de la teoría de la matriz S se conoce por el nombre de enfoque bootstrap*. Propuesto a comienzos de la década los sesenta por Geoffrey Chew, fue utilizado por muchos físicos para formular una teoría general sobre las partículas de interacciones tensas de acuerdo con una nueva filosofía de la naturaleza. Según filosofía del enfoque bootstrap, es imposible reducir la naturaleza una serie de entidades fundamentales semejantes a bloques básicos de materia; por el contrario, la naturaleza debe concebirse enteramente a través de su autoconsistencia. Todos los conceptos físicos resultan de la exigencia de que sus componentes han de ser consistentes consigo mismos y entre sí. Esta idea constituye una nueva orientación del espíritu tradicional de las investigaciones básicas en el campo de la física, en las que siempre se trataban de encontrar los constituyentes últimos de la materia. Al mismo tiempo, representa el punto culminante del concepto del mundo material como una red de relaciones vinculada, que resulta de la teoría cuántica. El universo es una red dinámica de fenómenos relacionados entre sí. Ninguna de las propiedades de parte de esta red es fundamental; todas ellas son resultado de propiedades de las demás y la consistencia general de sus correlaciones determina la estructura de toda la red.
El concepto del orden como un nuevo e importante aspecto de la física de las partículas es el elemento clave de la reciente teoría bootstrap de las partículas subatómicas. El orden, en este contexto, significa las interconexiones ordenadas de los procesos subatómicos. Puesto que los hechos subatómicos pueden conectarse de varias maneras, cabe determinar varias categorías de orden. El lenguaje de la topología o razonamiento, que los matemáticos conocen muy bien, pero que nunca ha sido aplicado a la física de partículas, se utiliza para clasificar estas categorías de orden. Cuando el concepto del orden se incorpora a la estructura matemática de la matriz S, el resultado es que sólo unas pocas categorías especiales de relaciones ordenadas son consecuentes con esta estructura. Los modelos de interacciones de partículas que resultan de ello son iguales a los que se observan en la naturaleza.
La aparición del orden como un concepto nuevo y central en el campo de las partículas ha llevado a un avance espectacular en la teoría de la matriz S y también es posible que tenga enormes repercusiones en todos los campos de la ciencia. La significación del orden en física subatómica sigue estando envuelta en el misterio y aún no se sabe hasta qué punto se la puede incorporar a la estructura de la matriz S, pero es curioso recordar que el orden cumple una función básica en el enfoque científico de la realidad, además de ser un aspecto crucial de todos los métodos de información. La capacidad de reconocer el orden parece ser un aspecto esencial de la mente racional; toda percepción de un modelo es, en cierto sentido, una percepción del orden. La aclaración del concepto de orden en un campo de investigación en el que cada vez más modelos de la materia y de la mente son reconocidos como reflejos el uno del otro, promete abrir fascinantes fronteras al conocimiento.
Nuevas extensiones del enfoque bootstrap en la física subatómica tendrán que ir, a la larga, más allá de la actual teoría de la matriz S, que se formuló específicamente para describir las interacciones intensas. A fin de ampliar el programa bootstrap, los físicos tendrán que encontrar una estructura más general, en la que los distintos conceptos que hoy se aceptan sin discusión tendrán que derivarse de la autoconsistencia general. Entre ellos cabe incluir el concepto de espacio-tiempo microscópico y, quizás, hasta el concepto que tenemos de la conciencia humana. Un aumento del uso del enfoque bootstrap abre una posibilidad sin precedentes que nos obliga a incluir explícitamente el estudio de la conciencia humana en cualquier teoría futura sobre la materia. El problema de la conciencia ya ha aparecido en la cuántica en relación con el problema de la observación y la medición, pero la fórmula pragmática utilizada por los científicos en sus investigaciones no hace referencia explícita a la conciencia. Varios físicos afirman que la conciencia podría ser un aspecto esencial del universo y que, si persistimos en excluirla, podríamos impedir una futura comprensión de los fenómenos naturales.
En la actualidad existen dos enfoques en la física que se aproximan mucho a un tratamiento explícito de la conciencia. El primero de ellos es la noción del orden en la teoría de la matriz S de Chew; el segundo es una teoría formulada por David Bohm que sigue un planteamiento más general y ambicioso. Partiendo de la noción de la «unidad intacta», el objetivo de Bohm es la exploración del orden que él considera intrínseco de la red cósmica de relaciones, a un nivel más profundo, «no manifiesto». Para Bohm, se trata de un orden «implicado» o «envuelto» y lo describe con la analogía de un holograma. En la visión de Bohm el mundo real está estructurado de acuerdo con los mismos principios generales, con la unidad comprendida en cada una de sus partes.
La teoría de Bohm es todavía una tentativa pero, aun en esta etapa preliminar, parece haber una afinidad entre su teoría del orden implícito y la teoría de la matriz S formulada por Chew. Ambos enfoques se basan en un concepto del mundo como red de relaciones dinámicas; ambos atribuyen un papel primordial a la noción de orden; ambos usan matrices para representar el cambio y la transformación, y la topología para clasificar las categorías del orden. Por último, ambas teorías reconocen la posibilidad de que la conciencia sea un aspecto esencial del universo que habría que incluir en una teoría futura sobre los fenómenos físicos. Esta teoría muy bien podría surgir de la fusión de las teorías de Chew y Bohm, que representan dos de los enfoques más imaginativos y filosóficamente más profundos que tenemos sobre la realidad física.
El hecho de que la física moderna ha trascendido la visión mecanicista cartesiana del mundo, esto nos lleva un concepto holístico intrínsicamente dinámico del universo.
La visión del mundo de la física moderna es una visión de sistemas y concuerda con los enfoques de sistemas que hoy se comienzan a perfilar en otros campos, aunque los fenómenos estudiados por estas disciplinas suelen ser de otra naturaleza y requerir conceptos diferentes. Al trascender la metáfora del mundo/máquina, se han visto obligados a abandonar la idea de la física como base de toda la ciencia. Según el enfoque bootstrap, o visión de sistemas, es posible utilizar conceptos diferentes pero consecuentes entre sí para describir distintos aspectos y niveles de la realidad, sin que por ello sea necesario reducir los fenómenos de un nivel a los de otro.
CONCLUSIONES
La visión cartesiana del universo, cuya influencia ha sido muy grande y tiene vigencia en estos tiempos, ha afectado la forma en la cual se aborda el estudio de los problemas. Esto provoca, a juicio de Capra, que no se pueda encontrar soluciones satisfactorias a múltiples problemas actuales.
La ciencia puede ofrecer grandes posibilidades para el desarrollo de la humanidad, pero no es suficiente. Es necesario, también, el respeto por la diversidad, la tolerancia, una mejor distribución de la riqueza y el respeto de los derechos humanos. Además, cuenta quienes puedan acceder al quehacer científico y a los resultados de estos esfuerzos y con qué fines.
No todos los problemas que tenemos podrán ser resueltos por nuestra ciencia. El ser humano como ente en constante evolución física y espiritual, debe reconocer sus limitaciones.
El quehacer científico debe fundamentarse en la convicción de que sus resultados serán siempre aproximaciones perfectibles de la realidad.
Otras formas de conocimiento, como las tradiciones y las creencias, pueden aportar al quehacer científico y deben ser respetadas, preservadas, investigadas y promovidas.
Si se le da alguna validez a la concepción del “ying y del yang” se debe suponer que diferentes paradigmas mantendrán vigencia de manera simultánea, tomando mayor influencia unos en determinados períodos.
La nueva visión del universo físico no fue en absoluto fácil de aceptar para los científicos de comienzos de siglo. La exploración del mundo atómico y subatómico los hizo entrar en contacto con una realidad extraña e inesperada que parecía desafiar cualquier explicación coherente. En sus esfuerzos por comprender esta nueva realidad, los científicos se dieron cuenta —muy a su pesar— de que sus conceptos básicos, su lenguaje y toda su manera de pensar eran inadecuados para describir los fenómenos atómicos. Estos problemas no eran simplemente intelectuales, sino que comportaban una intensa crisis emocional y, por decirlo así, hasta existencial. Los hombres de ciencia necesitaron mucho tiempo para superar esta crisis, pero al final se vieron premiados con un conocimiento profundo de la naturaleza de la materia y de sus relaciones con la mente humana.
La sociedad actual en conjunto se encuentra en una crisis. Todos los días se puede leer algo en los periódicos acerca de las numerosas manifestaciones de crisis. La sociedad se enfrenta a una inflación galopante, a una crisis energética, a una crisis de la asistencia médica, a la contaminación y otros desastres ambientales, a una creciente oleada de violencia y criminalidad. Todos estos fenómenos no son más que distintas facetas de una única crisis, y que esta crisis es esencialmente de percepción. Como la crisis por la que pasó la física en los años veinte, también esta es consecuencia de la tentativa de aplicar los conceptos de una visión anticuada del mundo —la mecanicista visión del mundo de la ciencia newtoniano-cartesiana— a una realidad que ya no puede comprenderse desde ese punto de vista. Hoy se vive en un mundo caracterizado por sus interconexiones a nivel global en el que los fenómenos biológicos, psicológicos, sociales y ambientales, son todos recíprocamente independientes. Para describir este mundo de manera adecuada, necesitamos una perspectiva ecológica que la concepción cartesiana del mundo no puede ofrecer.
Lo que se necesita es un nuevo «paradigma», una nueva visión de la realidad; una transformación fundamental de los pensamientos, de las percepciones y de los valores. Los inicios de esta transformación, de la transición de una concepción mecanicista a una concepción holística de la realidad, ya se comienzan a vislumbrar en todos los campos y es probable que se impongan en esta década.
Actualmente, la mayoría de los movimientos sociales están actuando aisladamente, pues aún no han reconocido hasta qué punto se encuentran vinculados sus objetivos. Con lo antes expuesto, se debe presentar una estructura conceptual coherente que ayude a reconocer los puntos en común de los objetivos. Cuando esto se logre, es de esperar que los distintos movimientos se fusionen y creen una potente fuerza orientada a la transformación social. La gravedad y la extensión global de la crisis actual indican que de este cambio podría resultar una transformación de dimensiones sin precedentes, un punto crucial, giro decisivo para todo el planeta.
PENSAMIENTO DE CAPRA
“Creo que la concepción del mundo implícita en la física moderna es incompatible con nuestra sociedad actual, que no refleja las relaciones armoniosas e interdependientes que observamos en la naturaleza. Para alcanzar este estado de equilibrio dinámico se necesitará una estructura económica y social radicalmente diferente: una revolución cultural en el verdadero sentido de la palabra. La supervivencia de toda nuestra civilización podría depender de nuestra capacidad para efectuar este cambio”.
BIBLIOGRAFÍA
Capra Fritjof. El Punto Crucial, Ciencia, sociedad y cultura naciente. Editorial & Estaciones.1992.
Enlaces:
http://es.wikipedia.org/wiki/Fritjof_Capra
http://www.fritjofcapra.net/
http://www.tendencias21.net/Fritjof-Capra-la-ciencia-fisica-es-la-base-de-una-vida-sostenible_a1577.html
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